Hoy me encuentro paseando a la orilla
del mar con mi amigo y protector, un humilde pescador. Vamos caminando entre la
arena y el agua a la hora del crepúsculo. El sol, un globo rojo, está a punto
de esconderse sobre el horizonte. El suave movimiento de las pequeñas olas
emite destellos dorados.
Nos sentamos para sentir en silencio
la magia del momento. Mi amigo me dice que llame al sol. Hoy tenemos que
realizar un intercambio con su energía.
La bola roja del sol poniente empieza
a acercarse como si fuera un cometa. Al llegar hasta donde estamos sentados,
los colores empiezan a vibrar y el rojo se convierte en naranja, luego en
amarillo, y por último en una especie de polvo dorado. De allí surge un niño
recién nacido, blanco y rubio, con el pelo lleno de rizos, como si fuera el
angelito Cupido.
Siento que es un niño mágico,
inocente, sabio, un ser de luz.
Le hago la pregunta: ¿Qué necesitas
de mí para colaborar conmigo y ser mi amigo?
Y él contesta: “Necesito tu amor”
Respondo que eso es muy sencillo,
siento un amor espontaneo y natural hacia ese ser. Un amor que me sale del
alma. Lo siento como si fuera un hijo mío que acabara de nacer. No puedo dejar
de mirarlo, como hacen las madres con sus bebés. Me hipnotiza su belleza y la
forma en que se mueve.
Al cabo de un rato hago la segunda
pregunta: ¿Qué tienes tú que darme a cambio?
En su mano alargada hacía mí veo una
caracola marina de color blanco y me dice:
“Esta caracola te servirá para
aprender a escuchar cosas profundas, cosas que a veces pasan desapercibidas al
oído humano. Con ella podrás escuchar el sonido del mar, el sonido de las cosas
del inconsciente, aquellas que muchas veces permanecen ocultas”
Agradezco el regalo con el corazón
lleno de júbilo y se despide de mí. El sol se acaba de poner. Meditamos un rato
frente al mar y regresamos de vuelta a casa.
…………………………………..
Al cabo de un tiempo descubro que las
energías que más me ayudarán en mi transformación serán las del Loco y las del
Sol. Los dos tienen que ver con la conexión con el centro del plexo solar y con
el aprender a amar de otra manera. Muchas veces esas energías, en mi proceso
interno, han venido acompañadas de una imagen que recuerda a San Juan Bautista
andando entre las aguas, llevando en brazos al niño-sol que sostiene una concha
blanca de nácar en sus manos.
La energía de Juan el Bautista y el
niño-Sol son para mí como mi marido y mi hijo, las energías más afines, las que
forman mi familia, las que me ayudan a transformar todo con amor.
Agradezco que así sea.
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