Ese invierno lo pasé trabajando
duramente en la ciudad. No me gustaba mucho lo que hacía, pero los objetivos
que me había marcado me hicieron seguir hasta el final del contrato de seis
meses. En mis ratos libres estudiaba japonés con mucha dedicación. Estaba
ahorrando para cumplir mi sueño: viajar hasta Japón.
Era la ilusión de mi vida
y no tenía duda de que en otra existencia yo seguramente había sido japonesa
pues resonaba con muchas cosas de la tradición nipona. Y digo de la tradición
porque el Japón moderno tecnológico no atraía mi atención en absoluto. Yo
quería visitar los templos zen, hacer ikebana, escribir haikus, pintar sumi-e y
probar todas las “delicatessen” de ese país, desde las ciruelas umeboshis cuyo
sabor me fascinó desde el primer momento
(para mí fueron como la magdalena de Proust pero con recuerdos de otra
vida), pasando por el tofu, los oniguiris (bolas de arroz con distinto relleno)
hasta llegar al matcha, ese té verde tan intenso y tan amargo con el que se invitaba a las
personas que te visitan en casa. Me
gustaban también los kimonos y hasta me compró uno de seda de segunda mano, que
me ponía en casa para diversos quehaceres.
Estaba muy ilusionada. Gastaba poco y
hacía planes. Pasaría poco tiempo en Tokyo, y unos diez días en Kyoto que
intuía que sería mi lugar. Soñaba con ver el templo del sol y el templo de la
luna. Y tras visitar un buen “onsen” en las montañas (esos baños calientes al
aire libre que había visto en fotos) me dirigiría rumbo al sur, para visitar,
conocer y aprender de un sabio viviente, mi admirado Masanobu Fukuoka, allá en
la isla de Shikoku, al que quería conocer en su granja en vivo y en directo.
Había escrito y me han habían
contestado que podría estar allí un mes como mínimo. En ese momento yo estaba
muy interesada en la forma de cultivar la tierra de forma natural y acaba de
leer “One-straw revolution” (La revolución de una brizna de paja). Consideraba
a Fukuoka no sólo como un agricultor que hablaba de un método, sino como un
sabio zen que conocía concepto del “wu wei”, el concepto del “no hacer”
taoísta, y lo aplicaba al cultivo de la tierra.
“Más es menos”, el agricultor muchas
veces hace demasiado. El método que él proponía era la de hacer muy poco y la
de cultivar plantas y árboles de diferentes especies, conjuntamente, en un
mismo trozo de terreno. Yo estaba fascinada y me sentía una privilegiada por
poder conocerlo.
Esos meses de duro trabajo pasaron
volando y llegó el gran día. En el avión mi corazón latía con fuerza. No pude
dormir en casi todo el vuelo. Poco os contaré de Tokyo pues ya todo el mundo el
mundo conoce como es la vida allí. Pero dos cosas me sorprendieron: el silencio
en los lugares públicos (nadie hablaba en voz alta a través de los móviles) y
la limpieza que reinaba en toda la ciudad. Tengo una foto de un día que vi un
chicle pegado en el suelo como algo realmente excepcional. Los camiones de la
basura relucían. Allí se limpiaba sobre limpio.
En Kyoto disfruté un montón pues
resulto que mi cumpleaños, un 8 de abril, coincidió con la celebración del
nacimiento de Buda y todos los templos abrían sus puertas y te invitaba a pasar
y tomar un té. Cuando visité el Kiyomizu dera (el templo del agua) empezó a
llover y fue precioso ver a la multitud bajo sus paraguas ascender lentamente
la cuesta, en silencio, hacia ese templo. Sólo con el sonido de una suave
lluvia. Descubrí que los japoneses pueden ser muy tranquilos y respetuosos y
sólo arman escándalo en la vida nocturna, cuando se emborrachan y cantan
karaoke como locos. Pero en el día a día era maravilloso estar entre esas
multitudes tan silenciosas donde las chicas lucían sus mejores kimonos de seda para celebrar el
día.
El famoso templo de Ryoanji me dejó
muy afectada. En ese recinto sentí que tenía que sentarme porque me estaba
mareando y sentía mucha presión en la zona de la frente donde está el tercer
ojo. Los turistas japoneses sentados a mi lado (había pocos extranjeros ese
día) cerraban los ojos en estado de meditación. Los imité. Salí de aquel templo
un poco mareada, como en estado de trance.
Al cabo de unos días alguien me
informó de que ese jardín zen fue construido por monjes en estado de
meditación, seres con un grado evolutivo elevado. Sin saberlo, pude atestiguar
que la energía de ese lugar era diferente.
Mis días en Kyoto se esfumaron e
inicié mi viaje al Sur.
En la granja de Fukuoka se alojaban unos veinte
estudiantes de diferentes edades y nacionalidades. Afortunadamente también
había algunos japoneses que hablaban inglés y gracias a ellos pudimos entender
a Fukuoka sensei. Este era un anciano de pelo y barba blancos, vestido con
sencillas ropas de campesino de un color azul desteñido, tirando a añil.
Hablaba poco y pensaba todo lo que decía. El tono de su voz era la de un hombre
sencillo y sabio.
Allí aprendí todo lo que sé sobre la tierra y la forma
correcta de cuidarla. No araba la tierra ni podaba los árboles, sus campos me
parecieron una jungla al principio. Podría ser una visión totalmente contraria
a las hileras de cultivos que uno podría encontrarse en un huerto occidental,
sus cultivos daban la sensación de selva tropical, todo se entremezclaba. Las
malas hierbas se cortaban y se devolvían
a la tierra. Nunca olvidaré las fresas sobresaliendo entre un campo de paja
amarilla. No utilizaba pesticidas ni fertilizantes. Y combinaba con sabiduría
diferentes plantas y árboles en un mismo trozo de tierra. Sus tierras no
necesitaban un año de barbecho, eran cada año más fértiles. Pasamos mucho
tiempo plantando con las famosas “nendo dango”, bolas de arcilla con semillas
dentro.
Finalizó el mes y supliqué casi de
rodillas el poder quedarme. Me fueron concedidos dos meses más y he de
reconocer que la estancia en ese mágico lugar es lo más parecido que he estado
nunca a vivir en el paraíso terrenal. Me hubiera quedado allí, pero había
muchas personas interesadas en visitar esas tierras y tuve que marcharme.
También mis ahorros estaban tocando a su fin.
No tuve una relación de cercanía con
Fukuoka sensei porque mi japonés no era tan bueno como para entenderlo y
siempre necesitábamos un traductor, pero para mí fue como conocer a un sabio
viviente, un hombre evolucionado que tenía luz interior.
La mañana en que me disponía a partir
se sentó frente a mí y llamó al traductor. Abrió un libro de tapas muy
gastadas. Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras sus ojos se posaban en
mí. Buscó entre las páginas hasta encontrar una flor de color violeta prensada
y pegada sobre un pequeño punto de libro.
Me dijo: “Tu eres como la flor
pulsatilla, a la que aquí también llamamos la flor del viento. Eres una persona
muy sensible y cualquier cosa te afecta. Eres variable como el viento. Eso no
es ni bueno ni malo. Sólo decirte que, si alguna vez estás inquieta, trabaja
con ese elemento a través de tu respiración. Fortalece tus pulmones respirando
al aire libre. La ciudad no es para ti. Camina mucho por el campo, desbloquea
tu diafragma”
Acto seguido me entregó la flor y no
pude menos que hacer una reverencia de noventa grados al más puro estilo nipón.
Sayonara, sensei Fukuoka… musité
mientras me alejaba.
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