Algo en mi interior me decía que
aquel verano iba a ser diferente. Había acabado mi último año en la universidad
y me proponía tomarme un descanso, dejar atrás los libros, dejar atrás la
teoría y pasar a la práctica: quería vivir, experimentar, viajar, conocer gente
nueva. Como no disponía de mucho dinero me decidí a visitar a una amiga que
estaba de Erasmus en Edimburgo. Estuve con ella unos días, pero luego ella
volvió a España y me dejó su habitación durante un mes.
Tras unos días en esa bella ciudad me
dispuse a viajar más hacia el Norte, hacia Inverness, con el propósito de
caminar por las Highlands (me gustaba ese nombre: “las tierras altas”). Quería deambular por vez primera a mi ritmo,
sin prisas, pero sin pausas, sin nadie que dirigiera mis pasos, salvo mi
intuición. Me sentía valiente y estaba segura de que no me asustaría en caso de
ver al monstruo del lago Ness.
Caminando entre tanto verde sobre esa
tierra rojiza me hacía sentir en casa. Con la sensación de que, aunque yo fuera
mediterránea en esta vida, había estado en esa tierra tal vez en otras
existencias.
En el camino me encontré con
diferentes personas con las que me comuniqué con facilidad, a pesar del fuerte
acento escocés al que me fui acostumbrando. Me hablaron de la famosa comunidad
de Findhorn, allá junto a la costa del mar del Norte, donde estaba el pequeño
pueblo de pescadores que le daba nombre a esa aldea global. Y casi sin pensarlo
dos veces me dirigí hacia ese punto.
Tardé algunos días, me sentía como el
peregrino en el camino de Santiago, y caminaba feliz hacia el Norte con el
presentimiento de que algo mágico se iba a dar en ese viaje.
Y sucedió que un día, ya llegando
casi al lugar, cuando iba caminando por un pequeño sendero, descubrí que el
camino iba paralelo a un rio cuyas aguas eran oscuras, tan oscuras como la
salsa de soja. Me quedé fascinada. Sabía que eran aguas ferruginosas y de
pronto, acalorada como estaba, me apeteció darme un pequeño chapuzón. El agua
estaba helada y corría con fuerza, pero el baño me sentó bien. Al salir noté
como las células de mi cuerpo se despertaban de golpe. Busqué ropa limpia en mi
mochila y me vestí. Me quedé sentada un rato mirando como corría el agua oscura
entre las rocas.
Y, de pronto, vi venir por el camino a
un hombre anciano con el pelo largo recogido a la espalda y con una barba
blanca que le llegaba hasta el pecho. Iba vestido de colores claros y llevaba
una bolsa colgada de la que sobresalían diferentes plantas. Llevaba también un
collar de flores muy pequeñas alrededor del cuello. Su blusa era amplia y le
llegaba casi a las rodillas. Si hubiera sido más larga y hubiera llevado
sombrero sería el vivo retrato de Gandalf, el mago de “el señor de los anillos”
– pensé mientras se acercaba.
Cuando sus ojos se encontraron con
los míos quedé como en estado de trance y me pareció de lo más normal que el
siguiente movimiento fuera que este personaje se sentara a mi lado frente al
rio. No puedo recordar como iniciamos la conversación ni que dijimos, pero no
olvidaré nunca su tono de voz, de una dulzura que tocaba el alma y te
acariciaba por dentro. Hablaba despacio y sus diferentes tonalidades parecían
una canción hablada.
Le conté cosas de mí que ya no
recuerdo. El escuchaba con atención.
Al cabo de un buen rato se hice un
silencio entre los dos. Y me di cuenta de que en ese silencio había música, la
de la naturaleza que nos rodeaba.
Pasó el tiempo y yo seguía en estado de ataraxia pero entonces el hombre sabio
volvió a hablar con su suave voz y me dijo que me iba a dar dos cosas antes de
irse, las dos relacionadas con los problemas de garganta que había tenido desde
que era pequeña.
La primera era una información valiosa para mí: me habló de
las plantas que tenía que tomar en infusión cada vez que tuviera problemas en
la zona de garganta y cuello. Me mostró también cuales eran y me enseñó una
pequeña hoz dorada con la que cortaba esas plantas. Era una herencia de sus
antepasados. Mientras escuchaba con ojos como platos me di cuenta de que estaba
junto a un druida, como aquel Panoramix de los libros de Asterix.
Y el segundo regalo fue una canción,
sencilla, corta y repetitiva como un mantra, que haría que a través de la voz
mi cansancio al caminar desapareciera. La cantamos juntos varias veces hasta
que me la aprendí y, acto seguido, se levantó con suavidad y desapareció entre
los árboles sobre el camino de tierra rojiza.
No sé cuánto tiempo me quedé sentada
tarareando la canción para no olvidarla nunca, pero salí de mi ensueño al darme
cuenta de que el sol había bajado en el horizonte y era hora de seguir
caminando para que la noche no me pillara a la intemperie.
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