Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

miércoles, 1 de julio de 2020

5. EL HIEROFANTE







































Algo en mi interior me decía que aquel verano iba a ser diferente. Había acabado mi último año en la universidad y me proponía tomarme un descanso, dejar atrás los libros, dejar atrás la teoría y pasar a la práctica: quería vivir, experimentar, viajar, conocer gente nueva. Como no disponía de mucho dinero me decidí a visitar a una amiga que estaba de Erasmus en Edimburgo. Estuve con ella unos días, pero luego ella volvió a España y me dejó su habitación durante un mes. 

Tras unos días en esa bella ciudad me dispuse a viajar más hacia el Norte, hacia Inverness, con el propósito de caminar por las Highlands (me gustaba ese nombre: “las tierras altas”).  Quería deambular por vez primera a mi ritmo, sin prisas, pero sin pausas, sin nadie que dirigiera mis pasos, salvo mi intuición. Me sentía valiente y estaba segura de que no me asustaría en caso de ver al monstruo del lago Ness.  

Caminando entre tanto verde sobre esa tierra rojiza me hacía sentir en casa. Con la sensación de que, aunque yo fuera mediterránea en esta vida, había estado en esa tierra tal vez en otras existencias. 

En el camino me encontré con diferentes personas con las que me comuniqué con facilidad, a pesar del fuerte acento escocés al que me fui acostumbrando. Me hablaron de la famosa comunidad de Findhorn, allá junto a la costa del mar del Norte, donde estaba el pequeño pueblo de pescadores que le daba nombre a esa aldea global. Y casi sin pensarlo dos veces me dirigí hacia ese punto. 

Tardé algunos días, me sentía como el peregrino en el camino de Santiago, y caminaba feliz hacia el Norte con el presentimiento de que algo mágico se iba a dar en ese viaje. 

Y sucedió que un día, ya llegando casi al lugar, cuando iba caminando por un pequeño sendero, descubrí que el camino iba paralelo a un rio cuyas aguas eran oscuras, tan oscuras como la salsa de soja. Me quedé fascinada. Sabía que eran aguas ferruginosas y de pronto, acalorada como estaba, me apeteció darme un pequeño chapuzón. El agua estaba helada y corría con fuerza, pero el baño me sentó bien. Al salir noté como las células de mi cuerpo se despertaban de golpe. Busqué ropa limpia en mi mochila y me vestí. Me quedé sentada un rato mirando como corría el agua oscura entre las rocas. 

Y, de pronto, vi venir por el camino a un hombre anciano con el pelo largo recogido a la espalda y con una barba blanca que le llegaba hasta el pecho. Iba vestido de colores claros y llevaba una bolsa colgada de la que sobresalían diferentes plantas. Llevaba también un collar de flores muy pequeñas alrededor del cuello. Su blusa era amplia y le llegaba casi a las rodillas. Si hubiera sido más larga y hubiera llevado sombrero sería el vivo retrato de Gandalf, el mago de “el señor de los anillos” – pensé mientras se acercaba. 

Cuando sus ojos se encontraron con los míos quedé como en estado de trance y me pareció de lo más normal que el siguiente movimiento fuera que este personaje se sentara a mi lado frente al rio. No puedo recordar como iniciamos la conversación ni que dijimos, pero no olvidaré nunca su tono de voz, de una dulzura que tocaba el alma y te acariciaba por dentro. Hablaba despacio y sus diferentes tonalidades parecían una canción hablada.

Le conté cosas de mí que ya no recuerdo. El escuchaba con atención.
Al cabo de un buen rato se hice un silencio entre los dos. Y me di cuenta de que en ese silencio había música, la de la naturaleza que nos rodeaba. 

Pasó el tiempo y yo seguía en estado de ataraxia pero entonces el hombre sabio volvió a hablar con su suave voz y me dijo que me iba a dar dos cosas antes de irse, las dos relacionadas con los problemas de garganta que había tenido desde que era pequeña. 

La primera era una información valiosa para mí: me habló de las plantas que tenía que tomar en infusión cada vez que tuviera problemas en la zona de garganta y cuello. Me mostró también cuales eran y me enseñó una pequeña hoz dorada con la que cortaba esas plantas. Era una herencia de sus antepasados. Mientras escuchaba con ojos como platos me di cuenta de que estaba junto a un druida, como aquel Panoramix de los libros de Asterix. 

Y el segundo regalo fue una canción, sencilla, corta y repetitiva como un mantra, que haría que a través de la voz mi cansancio al caminar desapareciera. La cantamos juntos varias veces hasta que me la aprendí y, acto seguido, se levantó con suavidad y desapareció entre los árboles sobre el camino de tierra rojiza. 

No sé cuánto tiempo me quedé sentada tarareando la canción para no olvidarla nunca, pero salí de mi ensueño al darme cuenta de que el sol había bajado en el horizonte y era hora de seguir caminando para que la noche no me pillara a la intemperie. 


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