Aquel verano en que acabé de estudiar
fue importante para mí. Me había propuesto tomarme un año sabático y gastarme
mis pequeños ahorros viajando, primero por el norte de Europa donde tenía
amigos y más adelante, cuando llegara el frio del invierno, visitar países que
estuvieran más al sur.
Quería empezar por las tierras altas
de Escocia y llegar hasta la famosa comunidad de Findhorn, allá por Inverness.
Había reservado mi plaza para hacer “The experience week” a finales de junio.
Llegué al lugar una mañana temprano y lo primero que llamó mi atención, al
divisar el gran hotel victoriano que nos alojaría a todos, fue un montón de
conejos corriendo en el pequeño bosque que había justo al lado. ¿Cómo describir
el lugar y todo lo que allí experimenté?
Había leído el libro “La magia de los
jardines de Findhorn” y sabía que la comunidad fue fundada en los años 70 por
Eileen Caddy, su marido, y una amiga común. Todo empezó en una pequeña caravana
donde vivieron con sus hijos no muy lejos del mar. La tierra allí era arenosa,
pero ellos habían decidido cultivar allí su huerto. Eileen estaba siendo guiada
por “la voz interior” que le hablaba en sus meditaciones diarias.
Poco a poco la tierra empezó a dar frutos, las
plantas empezaron a crecer ante la extrañeza de los lugareños que siempre
habían considerado poco fértil ese suelo arenoso. Con el tiempo el huerto se empezó
a agrandar y empezaron a comprar más terreno. Eileen ya sabía por “la voz” que
aquello sería una gran comunidad. Al cabo de unos años, gente de todas partes
empezó a llegar, atraídos por aquel vergel.
El éxito del proyecto de cultivar la
tierra fue tal que al cabo de unos años pudieron comprar el gran hotel donde
una vez habían estado trabajado. Y aquel pequeño grupo de gente, con Eileen al
frente, se fue convirtiendo en una “aldea global” una “eco-village”
especializada en el cultivo natural de las plantas. Allí se reunía gente de
todas partes del mundo. Eileen empezó a publicar libros con todas las
enseñanzas que recibía con la conexión con Dios en su interior.
La mañana que llegué, y antes de
empezar los cursos que había ido a hacer, paseando por las afueras del aquel
gran hotel quedé maravillada al descubrir el “Chakra garden” que se hallaba
justo delante del edificio principal en un terreno un poco más bajo al que se
accedía por unas rústicas escaleras de madera.
Estaba diseñado en siete grandes
círculos con plantas de diversos tamaños y colores. Era el principio del verano
y algunas plantas habían ya perdido su etapa de floración, pero se observaba la
escala cromática en diferentes flores que iban del rojo al violeta.
Cuando nos dieron nuestro “timetable”
(horario semanal) quedé fascinada pues estaba diseñado con divertidos dibujos
ya que cada día se hacía algo diferente.
En todos los cursos siempre había que trabajar tres horas diarias con
los miembros de la comunidad. Y esas tres horas estaban divididas en tres tipos
de trabajo: los jardines, la cocina y la
limpieza. Pensé que yo sólo iba a disfrutar con la primera tarea, pero resultó
que disfruté con las tres. La organización era perfecta. Se empezaba la mañana
con dos actividades opcionales que yo nunca me perdí: meditación en un templo
donde los cojines estaban dispuestos circularmente y canto coral a cuatro
voces.
Allá donde la gente se reuniera
siempre había una gran vela central rodeada de flores de diversas tonalidades. Se
honoraba, de esta forma, al fuego del espíritu que todos los humanos tenemos en
nuestro interior.
Luego venía el desayuno en el gran
comedor. Aquello era lo más parecido que he visto nunca al cuerno de la
abundancia. A la entrada de la gran sala, expuestos sobre mesas alargadas, se
encontraban todo tipo de viandas y bebidas, frías o calientes, los productos de
la tierra expuestos de forma colorida a la vista de todos. El primer día no
supe que elegir y quedé un poco aturdida. Probé lo que más me llamaba la atención, había
cosas que nunca había comido.
En mi estancia allí nunca dejé el
“porridge”, ni el “Marmite”, pero cada día podía elegir un pan diferente o un
nuevo tipo de “cake” o de “cookie”.
Tras el desayuno venía una reunión
donde, tras hacer un círculo de manos con la veintena de personas que tenía mi
grupo se hablaba a dos niveles: “feeling and business”. Brevemente explicabas
cómo te sentías ese día y luego el monitor ofrecía los tipos de trabajo , que cada
uno elegía por libre albedrío. Al acabar el trabajo se hacía otro circulo de
manos y se daba las gracias por la labor realizada en equipo.
Tras el trabajo venía el “lunch” y
luego había diferentes actividades en las que te enseñaban el lugar y juegos
variados, danzas y canciones. El juego más interesante se llamaba “The
transformation game” y tuve ocasión de jugar a él durante varios días en mi
segunda semana en el lugar.
Visitamos la comunidad donde vivían
los miembros, “The park”, situada a un par de millas del hotel. Allí explicaban
como habían construido aquellas viviendas con jardines en los tejados, las
“whisky barrel houses” de forma redonda que recordaban a “Hobbit town” y todo
tipo de construcciones que harían las delicias de cualquier arquitecto
interesado en la ecología.
Visitamos el pequeño templo de piedra
llamado “Nature sanctuary” también llamado “The sun and moon temple” al que se
accedía por un pequeño sendero de piedras entre el color verde del césped natural,
que allí crecía por todas partes y donde los conejos se paseaban a sus anchas.
Tenía una gran claraboya en el tejado y visto desde dentro parecía un sol
circular del que salían rayos (formado por las vigas oscuras en el techo). El
suelo era de piedras negras y varias circunferencias de colores se cruzaban
formando un curioso mandala. En el
centro había una misteriosa piedra negra en forma de mesa donde se apoyaba la
vela rodeada de flores.
Allí fue donde elegimos nuestro ángel
guardián, en silencio, tras una meditación. Era una pequeña carta con una
palabra y un dibujo. Elegí la carta llamada “Willingness” (la disposición para hacer cosas) en la que
se veía un ángel de espaldas lavando platos en una cocina. Era un ángel que
estaba dispuesto a aprender de forma práctica. A trabajar a nivel material.
Yo tenía muchas teorías en la cabeza,
pero en ese momento quería ponerlas en
práctica. Lo dibujé en mi libreta junto con la palabra que encontré en una pequeña
tarjetita sobre mi almohada al entrar el primer día en mi dormitorio:
“Surrender” (Rendición). Al principio no le entendí bien: ¿a que tenía que
rendirme? Pero tenía confianza y sabía que tras mi estancia en ese lugar la
entendería. Sólo tenía que ponerme manos a la obra y trabajar con esas
personas.
Y una de las lecciones más
importantes que aprendí allí estaba relacionada con el amor.
Resultó que tanto en los cánticos
matutinos como en el desayuno coincidí con una chica de mi edad. En nuestro tiempo
libre caminábamos juntas por los bosques escoceses que rodeaban el hotel,
hacíamos ejercicios de Taichi y Chikung que ella quiso que le enseñara y sentí
una afinidad natural muy especial con ella. Tenía el pelo largo y oscuro y unos
ojos grandes que observaban todo en silencio. Hablaba lentamente, con una voz
suave. También se movía despacio.
Cantaba como los ángeles, tenía facilidad para la música. Se llamaba
Selena y siempre pensé que ese nombre era realmente adecuado para ella por su
cara redonda y su forma de ser lunar, femenina. Era una persona bondadosa con
grandes dosis de empatía. Me contó que le costaba mucho relacionarse con
hombres pues sentía la energía masculina como si fueran caballos al galope,
cuando a ella le apetecía ir solo al paso. Era una persona contemplativa.
Pero allí no habíamos ido a
contemplar, que también, sino a ponernos en movimiento.
Sucedió que nuestro monitor, una de
las personas que pertenecía a la comunidad y el que dirigía nuestro grupo, un
joven escocés de pelo rojizo y ojos verdes era la personificación de la acción
tanto en el plano mental como en el físico. El día que nos enseñó el “Universal
hall” donde se celebraban grandes eventos, un bello edificio construido en
forma pentagonal con cabida para más de cien personas, no dijo que él había
ayudado en la planificación y la construcción del edificio.
Vivía solo en una de esas curiosas
casas hechas de madera en forma circular, las que llamaban “whisky barrels”.
Sabía de plantas, tocaba la guitarra, cantaba, sonreía sin parar, comunicaba
luz solar a todo el entorno.
Creo que las dos nos enamoramos a la
vez de este curioso personaje. El día que fuimos a bailar las danzas circulares
me tocó a su lado en varias ocasiones y en una de estas me guiñó un ojo. Que
fácil es enamorarse cuando uno es joven. Él se fue acercando a mí de forma
natural y directa. Pero algo en mi interior me hacía “no picar el anzuelo”, yo
guardaba mis distancias. Y él se reía. No sé porque extraño motivo sentía que
mi amiga sufría al vernos tontear juntos. Así que, de forma casi inconsciente,
decidí que ese iba a ser un juego a tres. (Luego, más adelante, pensé que esa
comunidad había sido creada por un hombre y dos mujeres, que curioso).
Ghrian, el chico solar, solía
sentarse a nuestra mesa y siempre coincidíamos los tres. Noté que, aunque al
principio se dirigía siempre a mí, poco a poco empezó a fijarse también en
Selena. Nos hicimos amigos y él, a pesar de ser un miembro de la comunidad, nos
invitó a su casa circular en más de una ocasión, y cantamos juntos. Ahí es
cuando me di cuenta que las voces de mis dos amigos armonizaban a la perfección
e intuí que algo estaba por suceder.
Y sucedió justo la noche anterior a mi
partida. Estábamos tristes por ello. Mis quince días se habían acabado y yo quería
seguir con mis planes viajeros. Selena se quedaba un mes más pues no descartaba
la vida en comunidad. Ghrian nos invitó a su pequeña mansión circular y no sé
muy bien como sucedió todo, solo recuerdo que acabamos durmiendo en su cama y
que la energía amorosa fluyó de forma natural entre los tres. Nunca había
experimentado nada similar, aunque si había oído hablar de relaciones a tres
bandas. Se que esa noche no pusimos barreras al amor a ningún nivel y nuestras
emociones y deseos vibraron al mismo ritmo. Era la magia de la coincidencia.
Al despertarme a la salida del sol y
abrir los ojos sentí el cuerpo de Ghrian a mi derecha y a Selena abrazada a mí
a la izquierda. Me levanté lentamente sin hacer ruido y me fui. Entre sueños vi
como ellos se abrazaban en la cama, pero no se despertaron. Y yo me alejé
sintiendo los latidos de mi corazón en mis sienes y con un mensaje claro, una
frase que había leído hacía tiempo apareció en mi mente “We have to learn to be
our soulmate”. Tenemos que aprender a ser nuestra propia alma gemela. Nuestra media naranja está dentro de
nosotros.
La experiencia vivida esa noche era
la materialización de que mis dos hemisferios cerebrales se habían unido. Y yo estaba en el centro, haciendo de “cuerpo
calloso”. El sol y la luna dormían abrazados en una bella cama. Yo me alejaba
feliz porque tenía que continuar mi viaje.
Al cabo de unos años me enteré que
Selena se había quedado en la Comunidad, que habían vivido juntos como pareja y
que habían tenido tres hijos, un niño y dos niñas. Y una de ellas llevaba mi
nombre.
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