Los orientales dicen que el hombre es
un puente entre el cielo y la tierra.
En Occidente muchas son las
filosofías que reconocen tres centros en el ser humano, el centro instintivo,
el emocional y el mental. El análisis bioenergético habla de que la garganta y
la cintura, dos estrechamientos en el volumen del cuerpo físico, pueden, a
veces, verse bloqueados: la energía no circula con fluidez entre esas tres
esferas. De abajo a arriba y de arriba abajo.
En el centro inferior en donde se
haya el aparato genital y donde habitan nuestros deseos más instintivos, incluido
el de la reproducción. Este centro muchas veces queda estancado, la energía no
fluye hacia arriba, no la dejamos pasar, y entonces se produce un corte en el
flujo ascendente y eso hace que la energía busque entonces ir hacia abajo,
hacia las entrañas de la tierra, hacia el averno.
Y ahí, entre las llamas del infierno,
aparece el Diablo en todo su poder. La pasión sexual y el placer corporal. Y no
podemos ni debemos cerrarle la puerta a esta energía, porque está relacionada
con la creación de vida. Muchas religiones, al proponer el celibato, al negar
esa fuerza tan potente, se encuentran luego que esa energía les tortura
internamente a lo largo de sus vidas. Y encontramos casos de monjas que se quedan
embarazadas o de sacerdotes que acaban teniendo relaciones físicas con otros
seres humanos, ya sea con hombres, mujeres o incluso niños.
Creo que no es bueno reprimir esa
energía. Hay que desbloquear los canales y dejar que suba hacia arriba. La
famosa “kundalini” de los yoguis.
Pero toda esta introducción no es más
que una defensa para tratar algo que nos cuesta verbalizar: el mundo de los
deseos sexuales y los instintos.
Así que dejémonos de rodeos y vayamos
directos al grano. El diablo.
“La belleza no es más que de lo
terrible el comienzo”
(Rainier María Rilke)
Conocí al diablo en la adolescencia.
Apareció una tarde en mi grupo de amigos, montado en moto y con chupa de cuero.
Todo en él era negro, su pelo lacio brillante, su moto reluciente y sus ropas.
Su intensa mirada refulgía como con chispas de fuego, su boca carnosa esbozaba
una sonrisa seductora, dientes blancos, lengua muy roja. Pero lo que llamaba su
atención era su piel, tersa, lisa, casi femenina. Era tan guapo que no podía
pasar desapercibido. Era tan guapo que dolía.
Su belleza le daba seguridad y, como bien
podéis suponer, era engreído. Pero su
chulería era irresistible. Así que cuando me guiñó el ojo, piqué en el anzuelo.
Me sentí halagada. Y decidí jugar un poco a su juego.
Mis amigos me avisaron. Cuidado con
él. Es un don Juan. Cuando hablaba conmigo, ya fuera en compañía de amigos o
estando solos, yo no podía entender nada de lo que decía, su belleza magnética
me atrapó. No estaba asustada. Hacía como que me resistía a sus encantos, pero
en el fondo anhelaba tener una aventura con él. Yo no era virgen, pero tenía
poca experiencia en temas de sexualidad. Así que un día sucedió lo inevitable.
Me dejé seducir hasta el final. Y mis ojos, que se habían deleitado con la
belleza de su cara, ahora pudieron disfrutar con la belleza de su cuerpo
desnudo, de su “tableta de chocolate” y de su bello miembro masculino en
erección.
No tenía prisa, sabía lo que era
acariciar y excitar a una mujer, se hacía de rogar, la penetración llegaría
luego. Estábamos en el mundo del placer sensorial, del placer de la piel, que
se incendiaba por momentos, como en el infierno. Al cabo de mucho tiempo
llegamos a la unión. Me sentí penetrada de una forma diferente, con diferentes
ritmos que iban de la calma retenida a la vibración convulsiva. Tenía maestría
en ese tema, nada que ver con lo que yo había experimentado antes. Sabía cuándo
parar, cuando seguir. Entendí lo que era un orgasmo, no sólo como descarga
energética que obnubila la mente hasta casi caer en la inconsciencia, sino la
vida orgásmica de todo el cuerpo, no sólo de los órganos sexuales.
Salí de allí en una nube,
transformada, liberada, nueva.
Pero los problemas empezaron cuando
le pregunté por una segunda cita. Intuía que yo era simplemente una conquista
más, un número más a su lista de mujeres seducidas. Me dijo que él quería tener
el control de nuestros encuentros y que él decidiría cuando y donde nos
veríamos.
El segundo encuentro fue casi igual
de magnético y placentero que el primero, pero al final, cuando nos separamos,
sentí algo así como un vacío interno. Le hablé. Me dijo que no esperara nada
más que placer físico. El nunca sería “el novio que te coge de la mano y te da
besitos en la calle”. No quería ser mi pareja, ni que nos vieran juntos por la
calle, a él solo le interesaba ser mi amante. “Lo tomas o lo dejas”,
dijo. El mundo de los sentimientos no va conmigo. Ni mucho menos las palabras
de amor.
Al cabo de unos cuantos días, acepté
una tercera cita, sopesando los pros y los contras de lo que podría pasar. Quise hablar con él. Imposible, él no estaba para comidas de coco
ni conversaciones sobre sentimientos.
Sentí que la magia había
desaparecido. Toda su belleza también se esfumó al escucharle pronunciar unas
palabras que me dejaron perpleja. “Quiero esclavizarte con mi pasión. Tú ya
eres mía. No encontraras a otro hombre
igual por mucho que lo busques. Yo soy el rey de la belleza y el rey del
placer. Ríndete.”
No podía creer lo que estaba oyendo,
me parecía simplemente patético. Mi deseo sexual se estaba yendo por la
alcantarilla así, de sopetón. Y le dije,
controlando mi tono de voz para no echarme a reír a carcajadas, que lo sentía
en el alma pero que nuestros encuentros no podían continuar. Yo estaba buscando
algo diferente, a alguien al que le interesara también el mundo de los
sentimientos. No le hablé de la mente, de lo que suponía en mi vida compartir
ideas, no sólo sentimientos. Creo que no lo hubiera entendido.
Yo aspiraba a una relación libre, no
programada por ninguna agenda. Una relación fluida donde la energía de mi
cuerpo, de mis sentimientos y de mi mente pudieran unirse. No me interesaba el
mundo de los amantes secretos ni de las pasiones por mucho placer que estas
pudieran darme.
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No volví nunca a picar en ese anzuelo
pues había aprendido una lección. Yo
buscaba un “ser-afín” … no un ángel caído.
Desapareció de mi vida y no volví a
verlo.
El tiempo pasó y al cabo de muchos
años, me lo encontré subido en su moto con el pelo ya lleno de canas, igual de
atractivo, o incluso más que de joven, con su sonrisa seductora de siempre. Me
guiñó el ojo. Y yo le dediqué una sonrisa amable que escondía una gran
compasión.
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EL DIABLO EVOLUCIONADO
“Ama tu cuerpo.
Tu piel, la que te separa de lo que
te rodea, pero a la vez te protege.
Tus huesos, que dan estructura a tu
forma física.
Tus músculos, que rodean amorosamente
a los huesos y te permiten moverte.
Ama tu cuerpo.
Los cinco órganos y las cinco
vísceras.
Los cinco dedos y los cinco sentidos.
Los orificios de tu cuerpo físico,
las ventanas de tu casa.
Ama tu cuerpo.
Desde lo más bajo a lo más alto.
Amo a mis pies, porque me sostienen y
me permiten caminar.
Avanzar o retroceder. Mis pies me dan
libertad de movimiento. Me permiten elegir.
Amo mis piernas.
Los muslos que me dan impulso para ir
a mi ritmo. Poder para correr o avanzar con lentitud. Saltar y bailar.
Amo mis rodillas que me permiten
sentarme y descansar de la postura erecta. Me permiten arrodillarme, orar y
contactar con la humildad inherente al ser.
Amo mis tobillos como si fueran
puntos eróticos de una princesa oriental.
Amo mis caderas y amo mi sexo.
El placer de los orgasmos, el deleite
físico, el gozo de la vida en este planeta Tierra.
Amo la fuerza del volcán, el fuego
interno, los instintos sexuales, la fuerza de reproducción de la naturaleza.
Amo mi cuerpo.
Amo mi corazón latiendo incansable
día tras día y hora tras hora.
Amo la ternura de mi pecho, la
capacidad de dar.
Amo mis brazos que me ayudan a
repartir ese amor. Las manos en acción, con sus cinco dedos, listos siempre
para realizar cosas.
Amo especialmente a mis manos por esa
capacidad de tocar, de descubrir, de jugar. Amo todo lo que hacen.
Mis manos, capaces de crear arte y
belleza.
Amo mis pechos, como dos suaves
colinas, dispuestos a dar y a alimentar.
Amo mi estrecha garganta, por donde
ingerimos alimentos.
Mis cuerdas vocales que me permiten
hablar, emitir sonidos y cantar.
Amo mi cabeza.
Por dentro y por fuera.
El pelo y el cerebro.
La nariz que me conecta con los
pulmones, las orejas que me permiten escuchar, la boca con su lengua y sus
duros dientes blancos, los ojos, esas ventanas que me permiten ver, la piel de
mis mejillas.
Amo la belleza de mi cuerpo.”
Así me habló un día el Diablo y sentí
que sus palabras eran sabias.
Y al amar a mi cuerpo físico, se
produjo el milagro.
Experimenté un orgasmo diferente.
Un regalo de mi cuerpo.
Sola meditando.
La potente fuerza de “la kundalini”.
Empecé a sentir contracciones
vaginales como si dentro de mí hubiera un miembro masculino en erección. Esas
contracciones empezaron a subir por dentro de mí, por mi columna vertebral.
A la vez sentía que mi fontanela, en
la parte superior de mi cabeza se iba abriendo y una luz blanca me penetraba
desde arriba.
La energía proveniente de la base de
mi columna ascendía en forma de ondas. Mi cuerpo vibraba como un diapasón, a
velocidades vertiginosas y sin embargo estaba serena, en posición sentada,
quieta y relajada.
Vi dos triángulos convertidos en
espirales: una subía desde abajo y la otra bajaba desde arriba.
Y al entrecruzarse las dos espirales
en mi interior, abrí los brazos de par en par y me convertí en una estrella de
seis puntas con mi corazón en el centro.
Y me sentí como una fuente de agua.
Energía que fluía hacia fuera formando ondas desde mi fontanela y que iban
descendiendo rodeando mi cuerpo. Una serpiente subía alrededor de mi columna
vertebral. Otra bajaba. Ondas y más
ondas expansivas dentro y fuera de mí, como una fuente que se
retroalimentaba.
Arriba y abajo, dentro
y fuera. Colores de luz.
Me sentía doblemente penetrada.
Yo era el “yoni” femenino, sentía que
estaba sentada sobre el agua de un estanque. Pero también era el “lingam”
masculino y el semen salía y se derramaba por la parte superior de mi cabeza.
Era la flor de loto abriéndose bajo
la luz del sol.
Y ese fue el regalo que el Diablo me
concedió un día.
No me olvidé de darle las gracias.

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