Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

viernes, 17 de julio de 2020

15. EL DIABLO



Los orientales dicen que el hombre es un puente entre el cielo y la tierra. 


En Occidente muchas son las filosofías que reconocen tres centros en el ser humano, el centro instintivo, el emocional y el mental. El análisis bioenergético habla de que la garganta y la cintura, dos estrechamientos en el volumen del cuerpo físico, pueden, a veces, verse bloqueados: la energía no circula con fluidez entre esas tres esferas. De abajo a arriba y de arriba abajo.


En el centro inferior en donde se haya el aparato genital y donde habitan nuestros deseos más instintivos, incluido el de la reproducción. Este centro muchas veces queda estancado, la energía no fluye hacia arriba, no la dejamos pasar, y entonces se produce un corte en el flujo ascendente y eso hace que la energía busque entonces ir hacia abajo, hacia las entrañas de la tierra, hacia el averno. 

Y ahí, entre las llamas del infierno, aparece el Diablo en todo su poder. La pasión sexual y el placer corporal. Y no podemos ni debemos cerrarle la puerta a esta energía, porque está relacionada con la creación de vida. Muchas religiones, al proponer el celibato, al negar esa fuerza tan potente, se encuentran luego que esa energía les tortura internamente a lo largo de sus vidas. Y encontramos casos de monjas que se quedan embarazadas o de sacerdotes que acaban teniendo relaciones físicas con otros seres humanos, ya sea con hombres, mujeres o incluso niños.

Creo que no es bueno reprimir esa energía. Hay que desbloquear los canales y dejar que suba hacia arriba. La famosa “kundalini” de los yoguis.

Pero toda esta introducción no es más que una defensa para tratar algo que nos cuesta verbalizar: el mundo de los deseos sexuales y los instintos. 

Así que dejémonos de rodeos y vayamos directos al grano. El diablo.



“La belleza no es más que de lo terrible el comienzo”
(Rainier María Rilke)

Conocí al diablo en la adolescencia. Apareció una tarde en mi grupo de amigos, montado en moto y con chupa de cuero. Todo en él era negro, su pelo lacio brillante, su moto reluciente y sus ropas. Su intensa mirada refulgía como con chispas de fuego, su boca carnosa esbozaba una sonrisa seductora, dientes blancos, lengua muy roja. Pero lo que llamaba su atención era su piel, tersa, lisa, casi femenina. Era tan guapo que no podía pasar desapercibido. Era tan guapo que dolía. 

 Su belleza le daba seguridad y, como bien podéis suponer, era engreído.  Pero su chulería era irresistible. Así que cuando me guiñó el ojo, piqué en el anzuelo. Me sentí halagada. Y decidí jugar un poco a su juego.

Mis amigos me avisaron. Cuidado con él. Es un don Juan. Cuando hablaba conmigo, ya fuera en compañía de amigos o estando solos, yo no podía entender nada de lo que decía, su belleza magnética me atrapó. No estaba asustada. Hacía como que me resistía a sus encantos, pero en el fondo anhelaba tener una aventura con él. Yo no era virgen, pero tenía poca experiencia en temas de sexualidad. Así que un día sucedió lo inevitable. Me dejé seducir hasta el final. Y mis ojos, que se habían deleitado con la belleza de su cara, ahora pudieron disfrutar con la belleza de su cuerpo desnudo, de su “tableta de chocolate” y de su bello miembro masculino en erección.

No tenía prisa, sabía lo que era acariciar y excitar a una mujer, se hacía de rogar, la penetración llegaría luego. Estábamos en el mundo del placer sensorial, del placer de la piel, que se incendiaba por momentos, como en el infierno. Al cabo de mucho tiempo llegamos a la unión. Me sentí penetrada de una forma diferente, con diferentes ritmos que iban de la calma retenida a la vibración convulsiva. Tenía maestría en ese tema, nada que ver con lo que yo había experimentado antes. Sabía cuándo parar, cuando seguir. Entendí lo que era un orgasmo, no sólo como descarga energética que obnubila la mente hasta casi caer en la inconsciencia, sino la vida orgásmica de todo el cuerpo, no sólo de los órganos sexuales. 

Salí de allí en una nube, transformada, liberada, nueva. 

Pero los problemas empezaron cuando le pregunté por una segunda cita. Intuía que yo era simplemente una conquista más, un número más a su lista de mujeres seducidas. Me dijo que él quería tener el control de nuestros encuentros y que él decidiría cuando y donde nos veríamos.

El segundo encuentro fue casi igual de magnético y placentero que el primero, pero al final, cuando nos separamos, sentí algo así como un vacío interno. Le hablé. Me dijo que no esperara nada más que placer físico. El nunca sería “el novio que te coge de la mano y te da besitos en la calle”. No quería ser mi pareja, ni que nos vieran juntos por la calle, a él solo le interesaba ser mi amante. “Lo tomas o lo dejas”, dijo. El mundo de los sentimientos no va conmigo. Ni mucho menos las palabras de amor.

Al cabo de unos cuantos días, acepté una tercera cita, sopesando los pros y los contras de lo que podría pasar.  Quise hablar con él.  Imposible, él no estaba para comidas de coco ni conversaciones sobre sentimientos. 

Sentí que la magia había desaparecido. Toda su belleza también se esfumó al escucharle pronunciar unas palabras que me dejaron perpleja. “Quiero esclavizarte con mi pasión. Tú ya eres mía.  No encontraras a otro hombre igual por mucho que lo busques. Yo soy el rey de la belleza y el rey del placer. Ríndete.” 

No podía creer lo que estaba oyendo, me parecía simplemente patético. Mi deseo sexual se estaba yendo por la alcantarilla así, de sopetón.  Y le dije, controlando mi tono de voz para no echarme a reír a carcajadas, que lo sentía en el alma pero que nuestros encuentros no podían continuar. Yo estaba buscando algo diferente, a alguien al que le interesara también el mundo de los sentimientos. No le hablé de la mente, de lo que suponía en mi vida compartir ideas, no sólo sentimientos. Creo que no lo hubiera entendido.

Yo aspiraba a una relación libre, no programada por ninguna agenda. Una relación fluida donde la energía de mi cuerpo, de mis sentimientos y de mi mente pudieran unirse. No me interesaba el mundo de los amantes secretos ni de las pasiones por mucho placer que estas pudieran darme.

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No volví nunca a picar en ese anzuelo pues había aprendido una lección.  Yo buscaba un “ser-afín” … no un ángel caído. 

Desapareció de mi vida y no volví a verlo. 

El tiempo pasó y al cabo de muchos años, me lo encontré subido en su moto con el pelo ya lleno de canas, igual de atractivo, o incluso más que de joven, con su sonrisa seductora de siempre. Me guiñó el ojo. Y yo le dediqué una sonrisa amable que escondía una gran compasión. 

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EL DIABLO EVOLUCIONADO

 
“Ama tu cuerpo.

Tu piel, la que te separa de lo que te rodea, pero a la vez te protege.
Tus huesos, que dan estructura a tu forma física.

Tus músculos, que rodean amorosamente a los huesos y te permiten moverte.

Ama tu cuerpo.

Los cinco órganos y las cinco vísceras.
Los cinco dedos y los cinco sentidos.
Los orificios de tu cuerpo físico, las ventanas de tu casa.

Ama tu cuerpo.
Desde lo más bajo a lo más alto.

Amo a mis pies, porque me sostienen y me permiten caminar.
Avanzar o retroceder. Mis pies me dan libertad de movimiento. Me permiten elegir.
Amo mis piernas.

Los muslos que me dan impulso para ir a mi ritmo. Poder para correr o avanzar con lentitud. Saltar y bailar. 

Amo mis rodillas que me permiten sentarme y descansar de la postura erecta. Me permiten arrodillarme, orar y contactar con la humildad inherente al ser.

Amo mis tobillos como si fueran puntos eróticos de una princesa oriental.

Amo mis caderas y amo mi sexo. 

El placer de los orgasmos, el deleite físico, el gozo de la vida en este planeta Tierra.

Amo la fuerza del volcán, el fuego interno, los instintos sexuales, la fuerza de reproducción de la naturaleza.

Amo mi cuerpo.

Amo mi corazón latiendo incansable día tras día y hora tras hora. 

Amo la ternura de mi pecho, la capacidad de dar.

Amo mis brazos que me ayudan a repartir ese amor. Las manos en acción, con sus cinco dedos, listos siempre para realizar cosas.

Amo especialmente a mis manos por esa capacidad de tocar, de descubrir, de jugar. Amo todo lo que hacen.
Mis manos, capaces de crear arte y belleza.

Amo mis pechos, como dos suaves colinas, dispuestos a dar y a alimentar.

Amo mi estrecha garganta, por donde ingerimos alimentos.
Mis cuerdas vocales que me permiten hablar, emitir sonidos y  cantar.

Amo mi cabeza.
Por dentro y por fuera.
El pelo y el cerebro.

La nariz que me conecta con los pulmones, las orejas que me permiten escuchar, la boca con su lengua y sus duros dientes blancos, los ojos, esas ventanas que me permiten ver, la piel de mis mejillas.

Amo la belleza de mi cuerpo.”

Así me habló un día el Diablo y sentí que sus palabras eran sabias.

Y al amar a mi cuerpo físico, se produjo el milagro.
Experimenté un orgasmo diferente.
Un regalo de mi cuerpo.
Sola meditando.
La potente fuerza de “la kundalini”.

Empecé a sentir contracciones vaginales como si dentro de mí hubiera un miembro masculino en erección. Esas contracciones empezaron a subir por dentro de mí, por mi columna vertebral. 

A la vez sentía que mi fontanela, en la parte superior de mi cabeza se iba abriendo y una luz blanca me penetraba desde arriba. 

La energía proveniente de la base de mi columna ascendía en forma de ondas. Mi cuerpo vibraba como un diapasón, a velocidades vertiginosas y sin embargo estaba serena, en posición sentada, quieta y relajada. 

Vi dos triángulos convertidos en espirales: una subía desde abajo y la otra bajaba desde arriba.

Y al entrecruzarse las dos espirales en mi interior, abrí los brazos de par en par y me convertí en una estrella de seis puntas con mi corazón en el centro.

Y me sentí como una fuente de agua. Energía que fluía hacia fuera formando ondas desde mi fontanela y que iban descendiendo rodeando mi cuerpo. Una serpiente subía alrededor de mi columna vertebral. Otra bajaba.  Ondas y más ondas expansivas dentro y fuera de mí, como una fuente que se retroalimentaba.    

Arriba y abajo, dentro y fuera. Colores de luz. 

Me sentía doblemente penetrada. 

Yo era el “yoni” femenino, sentía que estaba sentada sobre el agua de un estanque. Pero también era el “lingam” masculino y el semen salía y se derramaba por la parte superior de mi cabeza. 

Era la flor de loto abriéndose bajo la luz del sol.


Y ese fue el regalo que el Diablo me concedió un día. 

No me olvidé de darle las gracias. 



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