Un buen día de esos que andábamos por el campo jugando entre unos árboles, divisamos un curioso carromato pintado de colores avanzando por el camino de la fuente y dirigiéndose hacia el pueblo. Nos quedamos extasiados y sorprendidos al verlo pasar. Estaba tirado por dos caballos dirigidos por un cochero sentado en el pescante, que les hablaba mientras canturreaba una canción y silbaba. Dentro se veía a otra persona, aunque desde donde estábamos no llegábamos a ver bien quien era.
Resultó que era el carromato de unos malabaristas circenses que iban de pueblo en pueblo y habían decidido acercarse a nuestra aldea. La representación que hicieron una tarde nos hizo abrir nuestros ojos como platos y cuando acabó la función nos acercamos de forma espontánea a saludar a los dos miembros de ese pequeño circo ambulante.
Eran unos hombres jóvenes muy sociables y divertidos y nos dejaron ayudar en la faena de alimentar a sus animales. Al final de la tarde hicieron fuego y todos nos sentamos en círculo alrededor para compartir música, canciones y algunos cuentos y leyendas.
La que más me impactó fue la de un antiguo sabio de origen armenio llamado Gurdjieff. Decía que para entender a los seres humanos había que visualizar la imagen de un carro tirado por caballos. Cada persona estaba compuesta por cuatro partes, relacionadas con los cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua.
El cuerpo físico del elemento tierra estaba simbolizado por un carruaje que había que cuidar como nuestros amigos circenses cuidaban al suyo. Pintarlo, restaurarlo y arreglar de vez en cuando los desperfectos sufridos en el camino.
Ese carruaje se movía tirado por caballos, el elemento agua, los sentimientos, las emociones y los instintos que tiran de nuestro cuerpo. Teníamos también que cuidar a esos caballos, alimentarlos, darles de beber y atenderlos diariamente con amor.
Los caballos tenían que ser previamente domados por la persona que tenía las riendas y que los dirigía y les hacía encauzar su energía salvaje. El cochero representaba el intelecto del hombre, su parte mental y aérea que debía tener las riendas y el control de esos caballos.
Y por último estaba el elemento fuego, símbolo del ser espiritual que viajaba en el interior del carruaje y del que surgían las órdenes sobre el destino al que tenían que dirigirse y del camino a seguir, así como del ritmo que el cochero tenía que imprimir a esos caballos: a veces al paso, si el camino iba entre nieblas o estaba lleno de baches, otras veces al trote, cuando el camino era fácil y llano, y otras al galope, pues había que llegar al lugar antes de que oscureciera y llegara la noche con su negro manto.
He de reconocer que esa historia me impactó. Esos malabaristas eran hombres sabios. Me daban ganas de irme con ellos. Aunque sabía que yo era sólo un niño y no podía todavía dejar la aldea, ni dejar atrás a mis seres queridos. Pero el contacto con esos dos trotamundos despertó en mí las ganas de viajar y de conocer otros lugares.
Y esa noche me fui a dormir con la historia en la cabeza... y en sueños me sentí como el pasajero de un bello carruaje de colores que iniciaba su camino, dispuesto a conocer tierras lejanas y a gentes de otras culturas. Y en un momento dado, al carruaje le salieron alas y me vi flotando en el espacio. La tierra allá abajo era pequeñita y las casas y los árboles eran puntos diminutos. Luego volví a bajar y mi carruaje siguió avanzando por caminos de tierra.
Al despertarme abrí los ojos de par en par y pensé que algún día realizaría mi sueño.
Pensé también que me gustaría, durante una etapa, llevar mi casa a cuestas como el caracol… porque eso me daría la libertad de moverme y de viajar sin necesidad de estar atado a un solo lugar.
Mi verdadera casa sería mi cuerpo.