Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…
Meditando sentada frente al mar a la
hora del crepúsculo este pensamiento aparece en mi interior. El sol se acaba de
esconder tras el horizonte. Entrecierro los ojos para captar la magia del
momento. Y decido ponerme en contacto con el ángel del juicio final.
Al principio es un punto en el cielo
allá a lo lejos. Pero se va acercando con determinación, aunque de manera suave
y fluida. Al ir aproximándose me deleito en la contemplación de su belleza, la
majestuosidad de sus alas blancas, que se mueven como a cámara lenta, su larga
túnica de la que sobresalen sus morenos pies descalzos, los destellos de su
trompeta de metal, que lleva colgada a la espalda, la luz de su rostro, el aura
dorada que lo envuelve, su mirada amorosa de color avellana. El amor que sale
de su pecho toca como un rayo de luz directamente al mío. Siento la conexión de
forma instantánea.
Elevo los brazos hacia él. Y como en
un espejo el abre sus brazos para unirlos a los míos. Se forma un círculo entre
los dos y de forma suave, casi imperceptible al principio, nos vamos elevando,
atrás dejamos la playa. Es una suave ascensión, mi corazón está sereno. Soy una
con él y me dejo llevar.
Y tras un tiempo elevándonos,
llegamos a lo alto de una montaña donde nos quedamos sentados observando el
paisaje allá abajo. El mundo del planeta tierra, con sus ríos, sus campos, sus
casas, sus gentes.
Y de pronto se descuelga la trompeta
y empieza a tocarla. Tímidamente al principio, de forma casi imperceptible para
el oído. Y lentamente, muy lentamente, el sonido empieza a intensificarse. Cierro los ojos para centrarme en las
sensaciones tan potentes que empiezo a experimentar.
Algo se mueve en mi espalda. No sé
muy bien que me está pasando, pero en mi cabeza aparece una imagen: la oruga
metida en su capullo empieza a romper su envoltura. Y cuando veo a la tímida
mariposa salir, me doy cuenta de que han aparecido también dos alas en mi
cuerpo. Abro los ojos. El sonido de trompeta es suave otra vez, casi
imperceptible. La mirada del ángel sentado a mi lado me inunda de amor. Con un
sutil y delicado gesto me señala el vacío y, casi sin darme cuenta, dejo mi
posición sentada y empiezo a volar.
Me siento como un águila surcando el
espacio. El miedo está ausente. Continuó escuchando el sonido de la trompeta y
me dejo llevar por él. Subo y bajo, planeo sobre el planeta azul verdoso donde
he vivido, y decido ascender…
Ascender, ascender… que bella libertad.
Allá abajo veo a la tierra redonda
como una pelota.
Y empiezo a escuchar la música de las
esferas.
Decido cerrar los ojos y seguir ese
sonido.
Dejarme llevar…
Todo desaparece cuando entro en el
vacío...
No hay comentarios:
Publicar un comentario