Había tomado la clara determinación
de dedicar tiempo a la meditación. La aventura del viaje hacia el interior lo
requería. Meditación en casa, a ser posible diaria. Y meditación en grupo una
vez a la semana. Y al ir dejando la mente callada durante un rato, el
inconsciente empezó a hablar en forma de sensaciones físicas, visiones e
imágenes, intuiciones, pensamientos e incluso palabras.
Y un buen día aparecieron mis
fantasmas internos. El primero fue el miedo a la oscuridad. El grupo meditaba al atardecer y siempre con
la única luz de unas velas. Un día oí como nuestra Maestra las apagaba de un
soplido. Abrí los ojos de golpe y todos los miedos de la infancia vinieron a
mí. Tenía ganas de salir de allí corriendo. Al acabar todo el mundo comentó que,
sin luz, habían podido relajarse e interiorizarse mejor. Yo fui la única que
confesó que estaba muerta de miedo. En meditaciones sucesivas dejaban una vela
encendida en mi honor y yo me sentía como la niña pequeña que fui y que todavía
era entonces.
El periodo que se inició en aquella
época lo podríamos bautizar como “la disolución del karma pasado” pues no sólo
surgieron miedos de mi vida sino de muchas otras existencias. Era como si
juntos estuviéramos disolviendo algo grabado en el inconsciente colectivo. No
os cansaré con detalles, que ahora no vendrían al caso, pero si he de decir que
muchas de las vivencias que aparecían en esas meditaciones, y que escribíamos
todos minuciosamente en nuestras libretas, tenían que ver con lo que podríamos
llamar los siete pecados capitales. En mi caso había dos que sobresalían: la
lujuria y la soberbia. Reviví escenas de pareja donde el amor era malentendido
o donde la parte terrenal, presa del deseo, convertía en trágicas las pasiones
y emociones.
Y nuestra maestra repetía: El
verdadero místico ha de liberarse de sensaciones, pasiones y emociones.
Liberarse también de la esclavitud de la mente.
Tenemos que aprender a amar de otra manera,
sin condicionar, sin juzgar, sin condenar. Amar sin esperar nada a cambio,
incondicionalmente, como una madre ama a sus hijos.
Pero en ese momento, y de forma
insospechada para mí, fui entrando en un terreno pantanoso y desconocido donde
el sol brillaba por su ausencia y donde una niebla blanca y bastante espesa me
atemorizaba porque no me dejaba ver el camino a seguir.
Aparte de las meditaciones
conscientes tenía muchos sueños, que también apuntaba e intentaba descifrar.
Sin mucho éxito. Sentía la mente confundida, no entendía muy bien que estaba
pasando.
Y nuestra Maestra repetía: Todo no
lo podemos entender con nuestra cabecita. Sólo entenderemos cuando estemos
preparados. Cuando hayamos contactado con “la humildad inherente al ser” y
hayamos disuelto el karma acumulado en anteriores existencias, que nos pesa
como una gran mochila y nos impide avanzar ligeros y libres por el Camino.
Viví una etapa un tanto escindida.
Exteriormente estaba tranquila y feliz y me gustaba la vida que llevaba. Pero dentro
de mi había niebla, no veía bien con claridad y no entendía que me estaba
pasando. Si yo me sentía bien de forma consciente ¿porque estaba intranquila
interiormente?
Y hubo un hecho que alteró mucho mi
vida externa. Había decidido volver a hacer Aikido en un gimnasio. Los
ejercicios se practican en pareja, uno es el atacante y otro es el que se
defiende. El ideal de este arte marcial es que no haya contacto físico, uno se ha de
apartar antes de que la bofetada o el puñetazo lleguen a tu cara (nada de “poner
otra mejilla”, hay que intentar desaparecer antes de que se dé el contacto).
Pero para practicar se hacen “agarres”, con contacto físico. El maestro estaba
en una línea de “Aikido por la paz” y nos dijo que el que se defiende, al redirigir
la energía del otro hacia el suelo, provocándole la caída, lo único que tenía
que hacer era controlar que ese atacante no se levantara y, sin asomo de rabia,
intentáramos enviar amor a ese ser que se hallaba en el suelo.
Resultó que, en ese gimnasio, uno de
los alumnos más aventajados, era “el guapo” del lugar. Como arquetipo era de
manual: no sólo era guapo físicamente, sino que se lo creía y sus actitudes
eran como las de un chulo -guaperas- seductor. También he de decir que él ya me
había lanzado sus redes mediante algún guiño de ojos, sonrisas y comentarios al
final de la práctica. Aún a sabiendas de
que yo estaba felizmente casada y tenía una hija, el siguió lanzándome
indirectas con un lenguaje que yo calificaría de barriobajero. Ese arquetipo nunca me había gustado pues me
recordaba el amor del deseo, tan humano. Palabras como “follar” no estaban en
mi vocabulario.
Yo anhelaba descubrir y aprender a
amar de otra manera, sin condicionar, un amor altruista y místico. Así que
procuraba evitar ponerme con esa persona. Hasta que un día sucedió lo
inevitable. Me tocó con él. Y cuando al final me tiró al suelo y colocó sus
palmas sobre mí, sentí todo su amor humano, con tal intensidad que no pude
moverme del suelo donde estaba. Me miró sonriendo burlonamente y me dijo: Venga,
levántate, que te lo estás pasando demasiado bien.
La palabra “demasiado” me tocó por
dentro y activó mi parte del volcán. Le hubiera gritado llena de rabia: ¡Me
lo paso todo lo bien que me da la gana!
Pero yo siempre he sido una persona
con cierto control sobre mis palabras y no dije nada. A partir de ese momento
entré en lo que los budistas llaman “la rueda del deseo”. Soñaba con él de
forma repetitiva, con una mezcla de atracción y repulsión que para mí
representaba un infierno. Esa persona, en mi vida real, no me interesaba. Yo
tenía mi oasis familiar y mi oasis espiritual. Así que le cerré la puerta en
las narices con furia. Pero sucedió que
cuanto más uno intenta sumergir algo en el agua, ese algo puede subir con mucha
mayor fuerza. Y eso estaba sucediendo en mí. No tenía maestría para disolver ni
entender que me estaba pasando con esa persona.
Pero lo que me estaba pasando me
permitió conectar con los amores románticos de mi juventud en las cuales uno no
ve con claridad al otro ser, sino que sólo ve proyecciones de lo que uno anhela
o necesita pero que nada tienen que ver con ese ser en concreto. Las sucesivas
decepciones y desengaños de mi vida amorosa, imaginando cosas que no eran reales. Los enamoramientos. Me sentía muy lejos de
esa etapa porque ahora había descubierto lo que era amar y coincidir con otro
ser. Amar sin condicionar. Aceptaba a mi pareja como era, no había chantaje
emocional de ningún tipo. Esa relación, fruto de mi trabajo interno, no la
cambiaba yo por nada del mundo.
El destino hizo que el “guapo” dejara
el Aikido y se alejara de mí.
Aunque al poco tiempo también lo dejé yo. Creo
que me gustaba la parte defensiva pero no entendía porque tenía que “atacar a
otro ser con fuerza y energía”. No sé cuánto duró mi infierno interno, pero
creo que fue cuando en una vivencia reconocí a mi compañero, “el guapo”, como a
alguien con el que había vivido una intensa pasión en otra existencia. Reviví
los detalles en sucesivas meditaciones y creo que al fin salí del paisaje
pantanoso y neblinoso donde me había metido, o mejor dicho por dónde me había
llevado el camino de mi aventura interna.
Perdí el miedo… momentáneamente,
porque he de decir que todavía me esperaban grandes pruebas en mi aventura
interior.
A día de hoy los paisajes de niebla
ya no me asustan, incluso veo belleza en ellos, pero he de reconocer que cuando
esta se disipa se vive mucho mejor bajo un cálido sol.
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