Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

sábado, 11 de julio de 2020

12. EL COLGADO







































Había tomado la clara determinación de dedicar tiempo a la meditación. La aventura del viaje hacia el interior lo requería. Meditación en casa, a ser posible diaria. Y meditación en grupo una vez a la semana. Y al ir dejando la mente callada durante un rato, el inconsciente empezó a hablar en forma de sensaciones físicas, visiones e imágenes, intuiciones, pensamientos e incluso palabras. 

Y un buen día aparecieron mis fantasmas internos. El primero fue el miedo a la oscuridad.  El grupo meditaba al atardecer y siempre con la única luz de unas velas. Un día oí como nuestra Maestra las apagaba de un soplido. Abrí los ojos de golpe y todos los miedos de la infancia vinieron a mí. Tenía ganas de salir de allí corriendo. Al acabar todo el mundo comentó que, sin luz, habían podido relajarse e interiorizarse mejor. Yo fui la única que confesó que estaba muerta de miedo. En meditaciones sucesivas dejaban una vela encendida en mi honor y yo me sentía como la niña pequeña que fui y que todavía era entonces.
El periodo que se inició en aquella época lo podríamos bautizar como “la disolución del karma pasado” pues no sólo surgieron miedos de mi vida sino de muchas otras existencias. Era como si juntos estuviéramos disolviendo algo grabado en el inconsciente colectivo. No os cansaré con detalles, que ahora no vendrían al caso, pero si he de decir que muchas de las vivencias que aparecían en esas meditaciones, y que escribíamos todos minuciosamente en nuestras libretas, tenían que ver con lo que podríamos llamar los siete pecados capitales. En mi caso había dos que sobresalían: la lujuria y la soberbia. Reviví escenas de pareja donde el amor era malentendido o donde la parte terrenal, presa del deseo, convertía en trágicas las pasiones y emociones. 

Y nuestra maestra repetía: El verdadero místico ha de liberarse de sensaciones, pasiones y emociones. Liberarse también de la esclavitud de la mente.
 Tenemos que aprender a amar de otra manera, sin condicionar, sin juzgar, sin condenar. Amar sin esperar nada a cambio, incondicionalmente, como una madre ama a sus hijos. 

Pero en ese momento, y de forma insospechada para mí, fui entrando en un terreno pantanoso y desconocido donde el sol brillaba por su ausencia y donde una niebla blanca y bastante espesa me atemorizaba porque no me dejaba ver el camino a seguir. 

Aparte de las meditaciones conscientes tenía muchos sueños, que también apuntaba e intentaba descifrar. Sin mucho éxito. Sentía la mente confundida, no entendía muy bien que estaba pasando. 

Y nuestra Maestra repetía: Todo no lo podemos entender con nuestra cabecita. Sólo entenderemos cuando estemos preparados. Cuando hayamos contactado con “la humildad inherente al ser” y hayamos disuelto el karma acumulado en anteriores existencias, que nos pesa como una gran mochila y nos impide avanzar ligeros y libres por el Camino.

Viví una etapa un tanto escindida. Exteriormente estaba tranquila y feliz y me gustaba la vida que llevaba. Pero dentro de mi había niebla, no veía bien con claridad y no entendía que me estaba pasando. Si yo me sentía bien de forma consciente ¿porque estaba intranquila interiormente? 

Y hubo un hecho que alteró mucho mi vida externa. Había decidido volver a hacer Aikido en un gimnasio. Los ejercicios se practican en pareja, uno es el atacante y otro es el que se defiende. El ideal de este arte marcial es que no haya contacto físico, uno se ha de apartar antes de que la bofetada o el puñetazo lleguen a tu cara (nada de “poner otra mejilla”, hay que intentar desaparecer antes de que se dé el contacto). 

Pero para practicar se hacen “agarres”, con contacto físico. El maestro estaba en una línea de “Aikido por la paz” y nos dijo que el que se defiende, al redirigir la energía del otro hacia el suelo, provocándole la caída, lo único que tenía que hacer era controlar que ese atacante no se levantara y, sin asomo de rabia, intentáramos enviar amor a ese ser que se hallaba en el suelo. 

Resultó que, en ese gimnasio, uno de los alumnos más aventajados, era “el guapo” del lugar. Como arquetipo era de manual: no sólo era guapo físicamente, sino que se lo creía y sus actitudes eran como las de un chulo -guaperas- seductor. También he de decir que él ya me había lanzado sus redes mediante algún guiño de ojos, sonrisas y comentarios al final de la práctica.  Aún a sabiendas de que yo estaba felizmente casada y tenía una hija, el siguió lanzándome indirectas con un lenguaje que yo calificaría de barriobajero.  Ese arquetipo nunca me había gustado pues me recordaba el amor del deseo, tan humano. Palabras como “follar” no estaban en mi vocabulario. 

Yo anhelaba descubrir y aprender a amar de otra manera, sin condicionar, un amor altruista y místico. Así que procuraba evitar ponerme con esa persona. Hasta que un día sucedió lo inevitable. Me tocó con él. Y cuando al final me tiró al suelo y colocó sus palmas sobre mí, sentí todo su amor humano, con tal intensidad que no pude moverme del suelo donde estaba. Me miró sonriendo burlonamente y me dijo: Venga, levántate, que te lo estás pasando demasiado bien.

La palabra “demasiado” me tocó por dentro y activó mi parte del volcán. Le hubiera gritado llena de rabia: ¡Me lo paso todo lo bien que me da la gana!

Pero yo siempre he sido una persona con cierto control sobre mis palabras y no dije nada. A partir de ese momento entré en lo que los budistas llaman “la rueda del deseo”. Soñaba con él de forma repetitiva, con una mezcla de atracción y repulsión que para mí representaba un infierno. Esa persona, en mi vida real, no me interesaba. Yo tenía mi oasis familiar y mi oasis espiritual. Así que le cerré la puerta en las narices con furia.  Pero sucedió que cuanto más uno intenta sumergir algo en el agua, ese algo puede subir con mucha mayor fuerza. Y eso estaba sucediendo en mí. No tenía maestría para disolver ni entender que me estaba pasando con esa persona. 

Pero lo que me estaba pasando me permitió conectar con los amores románticos de mi juventud en las cuales uno no ve con claridad al otro ser, sino que sólo ve proyecciones de lo que uno anhela o necesita pero que nada tienen que ver con ese ser en concreto. Las sucesivas decepciones y desengaños de mi vida amorosa, imaginando cosas que no eran reales.  Los enamoramientos. Me sentía muy lejos de esa etapa porque ahora había descubierto lo que era amar y coincidir con otro ser. Amar sin condicionar. Aceptaba a mi pareja como era, no había chantaje emocional de ningún tipo. Esa relación, fruto de mi trabajo interno, no la cambiaba yo por nada del mundo. 

El destino hizo que el “guapo” dejara el Aikido y se alejara de mí. 

Aunque al poco tiempo también lo dejé yo. Creo que me gustaba la parte defensiva pero no entendía porque tenía que “atacar a otro ser con fuerza y energía”. No sé cuánto duró mi infierno interno, pero creo que fue cuando en una vivencia reconocí a mi compañero, “el guapo”, como a alguien con el que había vivido una intensa pasión en otra existencia. Reviví los detalles en sucesivas meditaciones y creo que al fin salí del paisaje pantanoso y neblinoso donde me había metido, o mejor dicho por dónde me había llevado el camino de mi aventura interna.

Perdí el miedo… momentáneamente, porque he de decir que todavía me esperaban grandes pruebas en mi aventura interior. 

A día de hoy los paisajes de niebla ya no me asustan, incluso veo belleza en ellos, pero he de reconocer que cuando esta se disipa se vive mucho mejor bajo un cálido sol.






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