Tras pasar un verano andando por las
Highlands escocesas regresé a la ciudad donde ya no tenía piso de estudiantes
que compartir debido a que mis estudios ya habían acabado. Como volvía de
trabajar en la tierra en una comunidad, me decidí por seguir en contacto con la
naturaleza. Pero no quería moverme tanto sino estar tranquila en algún sitio.
Gracias a la aplicación “ Workaway”
encontré una estancia en una granja de la Garrotxa (Gerona) durante tres meses a cambio de alojamiento y
comida. Quería aprender los secretos del cultivo biodinámico mientras decidía a
que continente iba a viajar cuando llegara el frío diciembre.
Al llegar al lugar y conocer
a la dueña de la tierra, una mujer menuda con largo cabello negro y ojos
verdes, nos dirigimos hacia mi habitación, y ¡oh sorpresa!, a mano izquierda de
la casa donde ella vivía había un carromato de colores, como si fuera de un
circo resultó que esa iba a ser mi humilde morada.
Al entrar parecía la casa de
un elfo, tenía de todo, su cocina, su cama, su mesa y su sofá. Todo decorado
con dibujos de colores, limpio y ordenado. La dueña me dijo que antiguamente el
carromato había estado activo y su anterior propietario se movió con él tirado
por dos caballos. Ella lo había comprado hacía un año y nunca había viajado con
él. Lo dejaba para las personas que venían a ayudarle al cultivo de sus
tierras.
Me quedé sorprendida e ilusionada de
poder pasar una temporada en ese mágico lugar desde donde se divisaba, aparte
de las tierras de cultivo y el huerto, unas bellas montañas pirenaicas. Ese día
me explicó las normas, los horarios de trabajo en el huerto y las horas en que
había que alimentar a cabras, gallinas y a dos caballos que estaban en un
establo cercano al huerto.
El fértil paisaje verde de esa zona
volcánica me recordó un poco al de Escocia, aunque aquí la tierra era negra en
lugar de rojiza. Era una fértil tierra volcánica.
Ester, la dueña, era una mujer
afable, separada y con dos hijos ya mayores que habían volado del nido y
estaban estudiando en la ciudad. Nos hicimos amigas enseguida y a pesar de la diferencia
de edad, nos contamos respectivamente nuestras vidas en el salón de su casa,
donde tuvimos que encender ya la chimenea a mediados de octubre. Ella era
también ilustradora de cuentos y muchas veces las cosas que me iba explicando
me hacía pensar en mi abuela, a la que tanto había querido y a la que tanto
había escuchado de pequeña.
A pesar de vivir sola, Ester era una mujer
sociable y conocida. Y de vez en cuando organizaba fiestas con los músicos que
vivían en casas cercanas. Cuando se acababan, ella me contaba vida y milagros
de cada uno de los asistentes. Estaba al día de todo. Me dijo también que la
comarca donde vivíamos era de la más fértiles del país a nivel de natalidad.
Aquí las mujeres tenían una media de 3 hijos como mínimo.
Pensé que los habitantes de esa zona
eran una mezcla de Escorpio y Cancer. La dueña me hablaba del “marro d’Olot” y
con ello se refería a parejas que se separaban y a relaciones pasionales
turbulentas y no era raro ver cómo se formaban nuevas familias compuestas por
cinco o seis hijos (tres de un miembro de la pareja y dos o tres del otro).
Yo no estaba interesada en formar una
familia, pero sucedió que en una de esas fiestas conocí a un sobrino de Ester
con el que inicié una relación. Vivía en una “masía” cercana y siempre que
podíamos nos veíamos en mi carromato o en su casa y cantábamos juntos.
Intercambiamos muchas ideas y descubrimos que éramos bastante afines a muchos
niveles.
Pero el tiempo pasó y los tres meses
llegaban a su fin. Oriol, que así se llamaba mi amigo, a principios de
diciembre me preguntó si quería quedarme a vivir con él y me sugirió si estaba
dispuesta a cambiar de planes y olvidarme del viaje que tenía planeado hacer en
solitario por otro continente.
Le pedí que me diera tiempo para
asimilar lo que me estaba pasando.
Estaba dividida: una parte de mí
quería quedarse, pero otra sabía que no había llegado la hora de asentarme
todavía, tenía un espíritu indómito que quería moverse y no llevar una vida que
yo llamaba “vegetal”. De momento no quería formar una familia, quedarme quieta
y echar raíces. Deseaba más bien sentir la libertad del movimiento,
experimentar el libre albedrio, no sentirme atada. Pero Oriol me atraía mucho y
era realmente una tentación quedarme con él y cuidar un trozo de tierra juntos.
Pasé una semana muy inquieta y Ester
lo notó. Recuerdo la conversación que tuvimos una noche. Ella tenía un saco de
granadas en la cocina y cuando empezó a hablar abrió una y la empezó a pelar.
Tengo grabado en la memoria la belleza de esa fruta y los granos como pequeños
rubíes encarnados. Me dijo que comiendo esa fruta mi inquietud (que sentía en
la boca del estómago) se calmaría y podría ver con claridad la decisión que tenía
que tomar.
Y me habló de la parábola del carro
de Gurdjieff. El ser humano tiene cuatro cuerpos: el cuerpo físico representado
por un carruaje, los caballos que tiran de ese carruaje tienen que ver con los
instintos, emociones y deseos, el cochero que guía y controla a los caballos es
nuestra mente y por último está el pasajero que viaja dentro del carro, es el
que da las órdenes sobre la dirección a seguir, es nuestra verdadera esencia,
el yo superior, el espíritu oculto en el interior de la materia. Esa parábola
me ayudó mucho. El cochero y los caballos querían quedarse, pero en una charla
interna, el pasajero los convenció de que había que seguir viajando. Que no
podíamos estancarnos y quedarnos allí indefinidamente. Y parece ser que mi
cochero lo entendió… y mis caballos también.
Esa noche, en mi carromato de colores,
dormí muy bien y a la mañana siguiente mi mente estaba serena. El pasajero
había tomado una decisión muy clara. Los caballos estaban descansados y mi
cochero estaba listo, las ruedas del carro engrasadas y todo dispuesto para la
partida.
Pude hablar tranquilamente con Oriol,
pasamos las Navidades juntos, todos cantando y riendo. La noche de fin de año
nevó como hacía tiempo que no nevaba. Oriol y yo nos levantamos y, sin hacer
mucho ruido, ensillamos los caballos y dimos un paseo por el blanco camino
cubierto de nieve. Recuerdo el silencio y la paz solo interrumpido por el
avance de nuestros caballos hollando la blanca nieve al amanecer.
Fue un regalo de despedida
maravilloso y nuestros corazones quedaron en paz.
Al día siguiente mi carro, mi
cochero, mis caballos y yo nos alejamos sobre la nieve, que ya empezaba a
derretirse, por esos caminos de Dios.
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