En nuestro mundo occidental la
palabra muerte siempre se asocia con cierto miedo y con mucha tristeza a nivel
emocional. Sin embargo, en otras culturas, la muerte es vista de otra manera.
Es simplemente un cambio de estado. El espíritu se separa del cuerpo e inicia
una aventura diferente en otros planos.
¿Por qué no se nos enseña a ver a la
muerte con la naturalidad que vemos el día y la noche? De día estamos conscientes, de noche caemos en
la inconsciencia del sueño profundo.
Pero hay una diferencia importante en
la comparación anterior: ¿qué pasaría si al levantarnos no recordáramos quienes
éramos? Creo que sería algo terrible.
Pues igual de terrible es no recordar quienes somos y qué hemos venido a
hacer aquí. Estoy segura de que si dedicáramos tiempo a interiorizarnos
podríamos recordar.
La gran mayoría de los seres humanos
hemos estado en el planeta Tierra muchas veces y creo que todos lo podemos vivenciar
si dedicamos tiempo a esa labor.
En mi proceso de búsqueda ya sabía
que había personas que habían recordado otras vidas y el tema de la
reencarnación era al algo familiar para mí desde hacía tiempo. Pero el destino
hizo que yo pudiera experimentar de primera mano esas teorías.
¿Cómo? -os preguntareis. A través de
vivencias. Vivencias experimentadas meditando, de forma consciente. Revividas
con el cuerpo, las emociones y la mente.
Una de mis primeras vivencias en un
Retiro de meditación fue vivir en primera persona el momento de la concepción. Una parte de mi estaba serenamente sentada,
con los ojos cerrados, y otra parte se hallaba allá arriba en el espacio. Me
sentía una estrella de luz, vagando libre por la oscuridad del universo, cuando,
de repente, algo tiró de mí como de un imán. Notaba con claridad la fuerza de
atracción, como si fuera la gravedad de algo que me hacía ir hacia abajo. Y me fui acercando a la Tierra, ese bello
planeta azulado, a velocidades supersónicas… vi la ciudad a la que me dirigía, y
al final entré en el edificio donde, en un dormitorio, mis futuros padres
estaban copulando. Y en ese momento pensé: ¿Me olvidaré de dónde vengo? A
continuación, todo fue oscuridad y vida uterina.
Recuerdo también el momento del
nacimiento, yo quería salir, empujar con la cabeza, pasar por ese estrecho
túnel hasta la luz. Recuerdo cómo me deslumbró esa luz y el sonido tan alegre
de la voz de mis padres. Recuerdo también un sonido de campanas. Y pensé: ¿me
olvidaré de dónde vengo?
Y la respuesta es afirmativa. Me
olvidé de dónde venía. Creo que todos nos olvidamos y nos cuesta recordar.
…………………………..
En mis primeros años de meditación en
grupo tuve múltiples vivencias de mis diferentes vidas a través de la historia.
Pude, sobre todo, revivir momentos dramáticos y las pasiones, emociones,
sensaciones y pensamientos asociados a esos recuerdos. Muchas veces me sentí víctima, sabiendo que,
si eso era así, era porque con anterioridad habría sido “verdugo”. Porque
verdugo y víctima representan los dos extremos opuestos de una sola unidad.
Así pude revivir una vida en tierras
escocesas donde fui decapitada (desde pequeña siempre tuve un miedo irracional
a agachar la cabeza cuando me peinaba, por ejemplo, y también mis múltiples
problemas con el cuello y la garganta). Las intrigas palaciegas entre católicos
y protestantes aparecían ante mí como en una película. Imágenes. Frases y palabras.
Pude volver a vivir escenas de mi
vida de india de las praderas en tierras americanas. Los caballos, los tótems,
las danzas y los cánticos alrededor del fuego, el ritual que da paso a la
madurez en la que tuve que matar a un lobo. La rabia tan intensa que sentí al
ver morir a toda mi familia, pasada a cuchillo por una tribu enemiga. Fumé la
pipa de la paz con mis hermanos y pude contactar con los espíritus de mis
antepasados. Morí de anciana vieja india, de forma dulce y consciente. Con el
pelo blanco recogido en una trenza.
Reviví mi vida en Japón, con sonidos
de gongs y campanas, con palabras en ese idioma. La importancia del honor, el
poder de la espada, el poder de la palabra dada.
Pude sentir la lujuria de un hombre
al que habían obligado a ser monje y que acabó colgando los hábitos para
casarse con la mujer que amaba. Experimenté la felicidad de ese ser el día que
se unió con la mujer que amaba.
Y una experiencia dramática: Fui
obligada a casarme a la fuerza con un hombre al que no amaba y al que odié toda
mi vida. Y no paré hasta volver a estar con el que yo había elegido. Mi terquedad
y mi rebeldía en esa vida. Porque al final comprendí que mis padres querían lo
mejor para mí y que en realidad mi marido era un hombre bueno. Pero la rabia
interna me impidió verlo.
Trabajé también de enfermera en una
guerra terrible. Y sentí la desesperación dentro de mí, al ver que los
pacientes se iban muriendo sin yo poder hacer nada. Me alejé del hospital
llorando con la tristeza acongojando mi pecho.
Fui una mujer árabe del desierto,
vestida de negro, que se quedó viuda y sin hijos. Y como tuvo un encuentro con
un peregrino que andaba como loco por el desierto buscando a Dios. La alegría
de poder dar de beber al sediento, ya sea con agua del pozo del oasis, ya sea
con amor. El gozo de poder ser madre tras la esa unión, aunque el peregrino
continuara con su búsqueda. Mi vida de madre soltera y la mirada de mi hijo preguntándome
quien era su padre.
También fui quemada en la hoguera por
bruja, sólo porque yo vivía en contacto con la naturaleza y usaba plantas
curativas y sabía de pociones y brebajes que utilicé siempre para beneficio de
mis congéneres. Mi ausencia de miedo, mi
paso resoluto y valiente hacía el fuego, que todo lo purifica. Y en mi mente la
frase: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Y la pena de ver
a mi marido y a mi hija mirando la escena con lágrimas en los ojos y yo comunicándome
telepáticamente con ellos, no sufráis por mí, estoy bien, nos veremos en otra
existencia.
Y la terrible muerte a manos de un
amante en un crimen pasional. Mis ojos desencajados por la extrañeza, y
mientras me iba muriendo, sin poder hablar, le decían gritando: ¿Por qué?
¿Como una persona que “te quiere” te
puede quitar la vida? En el momento en que mi espíritu se separaba del cuerpo,
lo perdoné de todo corazón porque sabía que ese karma que recaía sobre sus
espaldas era muy fuerte. “La maté porque era mía” vivida en primera
persona, con mucho dolor y mucha extrañeza.
Y así, de forma lenta, a lo largo de
los años, se fueron disolviendo mis recuerdos, me fui liberando del karma
acumulado, esa gran mochila que nos pesa a veces más de la cuenta.
Y en esas vivencias no entró el
juicio. Nunca las juzgué. Aunque reconozco que, al principio, al no tener la
maestría necesaria, mi mente se enganchaba con esos recuerdos y tuve momentos
de confusión interna. Porque muchos de esas vivencias internas se relacionaban
con las personas que estaban meditando conmigo en el grupo. Así, de forma
involuntaria, no era capaz de acercarme a algunos compañeros de meditación
porque los asociaba con lo que había vivido con ellos en otra vida.
Esto, poco a poco, fue cambiando y
aprendí a no engancharme a los recuerdos, a dejar ir. Mis compañeros de
meditación no eran los de aquellas vidas, ni yo tampoco. Habíamos cambiado o
estábamos en proceso de cambio. Y descubrí, de esa forma, la importancia del perdón.
Perdonar a los demás y sobre todo perdonarse a uno mismo por el dolor causado a
otros en el pasado.
Y en la única vivencia que tuve en la
que fui verdugo y no víctima, sentí la luz del PERDÓN cayendo sobre mí. Me
arrodillé y recé el PADRENUESTRO como nunca antes lo había rezado. Sintiendo
cada una de las palabras mientras las lágrimas descendían por mi rostro. Me
perdoné a mí misma con tolerancia y con mucho amor. Pedí perdón a las personas
a las que había herido y perdoné a las que me habían herido a mí en esta y
otras existencias.
Y vinieron a mí unas palabras: “Tus
heridas son los lugares por donde entra la luz”
Y sentí como la vasija rota de mi ser
se unía a través del amor, como esos cuencos que a veces se rompen y que
algunos japoneses unen colocando oro dorado entre las grietas.
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