Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

domingo, 5 de julio de 2020

8. LA JUSTICIA







































Al finalizar el verano reservé un billete de avión para Atenas. Una de mis mejores amigas, con la que había convivido en el piso de estudiantes universitarios, se casaba con un hombre griego y no podía faltar al evento. A mí nunca me han gustado especialmente este tipo de rituales sociales y me parecía que ella, aunque estaba ya a punto de entrar en la treintena, se precipitaba. Sin embargo, esa invitación me parecía la excusa perfecta para conocer Grecia. 

Así que me ilusioné con el viaje que planifiqué con unos días de antelación ya que quería conocer también algunas islas griegas. No me defraudaron. El paisaje de olivos y algarrobos, el mar azul, la atmosfera mediterránea, la música, los olores y la comida de esos lugares eran familiares para mí. Me sentí como en casa, con el queso de cabra y las olivas negras de Kalamata. Me sorprendí tarareando varias veces la canción de Serrat “soy cantor, soy embustero, me gusta el vino, la gente, tengo alma de marinero… porque yoooo …nací en el Mediterraneoooo”.

Hoy, al cabo de muchos años, ordenado unos cajones, he visto varias fotos de ese viaje que me han traído a la memoria dos recuerdos imborrables. 

El primero tiene un tinte cómico. Había pensado visitar el Partenón en Atenas un día al atardecer, cuando la oleada de visitantes se hubiera disipado un poco. Para la ocasión me compré un vestido en una tienda turística: era una túnica blanca que llegaba hasta los pies con pequeños bordados negros en forma de collar. Quería fotografiarme paseando entre las blancas columnas como si recordara otra vida en la que yo hubiera sido sacerdotisa de la diosa Palas Atenea. 

Así que una tarde nos decidimos a subir hasta la colina donde se hallaba el Partenón. Casi no nos dejaron entrar porque faltaba poco para cerrar, pero la final lo hicimos. Al sol le quedaba poco para ponerse y se divisaba redondo y rojizo sobre la ciudad. En un arrebato subí unos escalones para hacerme una foto sentada junto a una columna. Nada más oír el clic del disparo fotográfico vino hacia nosotros un guardia, corriendo y pitando y   con órdenes de bajar de ahí de inmediato. Me sobresalté mucho porque con mi ímpetu no había visto el cartel de prohibido el paso unos metros antes de las escaleras.  Pero disfrutar unos segundos junto a esas columnas valió la pena. Esos segundos valieron su peso en oro. 

Al cabo de unos días se celebró la boda. Mi amiga estaba espectacular, también con túnica blanca, melena suelta y diadema de flores en la cabeza. Fue una ceremonia especial, sencilla y bella, con pocos invitados e incluso llegué a pensar que no me importaría un día casarme así. Tras la comida hubo un pequeño descanso, y luego empezó la música, y todos bailamos el famoso “sirtaki” cogidos de los hombros en círculo, entre gritos y risas, ya con una copa de más haciendo su efecto. 

Y luego sucedió algo mágico. Mi amiga era una actriz de teatro aficionada y conocía a mucha gente del mundo del espectáculo. Empezó una representación con poesías, música y danzas. En un momento dado apareció una mujer en representación de la diosa Atenea: túnica blanca, una espada en alto en la mano derecha y una balanza en la mano izquierda. Levantando la espada nos preguntó que hubiéramos hecho en el Juicio de Salomón: dos mujeres dicen ser madres de un único bebé. Salomón dice que cortará al bebé en dos partes con la espada y le dará la mitad de ese ser a cada una. La falsa madre acepta. La verdadera empieza a llorar y prefiere entregar el bebé a la otra. La vida del bebé es más importante que su deseo. Salomón descubre de ese modo a la verdadera madre. 

A continuación, levanta la balanza y recita un bello poema sobre la búsqueda del equilibrio entre los opuestos. Sé de qué habla porque esos opuestos están en mi interior… y siempre recordaré lo importante que es unirlos. Mi vida entera tiene ese propósito, ser un puente entre cielo y tierra, entre arriba y abajo, entre dentro y fuera. La unión hemos de buscarla siempre dentro de nosotros y de ese modo, un día, como por arte de magia, puede aparecer también fuera, De ahí la importancia de las ceremonias de contraer matrimonio. Visto así, pensé, mi aversión a esas ceremonias se estaba esfumando por momentos. 

Y ahora llega la magia del momento. Se quita la venda que le cubre los ojos y pronuncia estas palabras: 

Llevaba esta venda cubriendo mis globos oculares porque habéis de saber que lo esencial es invisible a los ojos. No os dejéis nunca guiar solo por las apariencias. Las apariencias engañan. Si queréis juzgar a los demás y ser imparciales y ecuánimes y no juzgar a la ligera, poneos la venda y profundizad. Lo esencial es invisible a los ojos. Solo podemos ver con los ojos del corazón, con los ojos del ser interior, con los ojos del espíritu. Solo así seremos justos con nosotros y con los demás.

Mientras habla sus ojos relampaguean con una mirada llena de luz y claridad, sus ojos tienen una luz especial como si estuvieran siendo enfocados por un foco teatral. Aunque en este caso la luz sale de un foco interior de la actriz. 

Empieza a bajar unos escalones que parecen los de un templo y lentamente se dirige hacia mí. Yo abro los ojos como platos al sentir como alarga los brazos y deposita la venda en mis manos. 

De pronto todos me miran y empiezan a aplaudir porque se ha acabado la función.
Esto es mucho mejor que recibir el ramo de flores de la novia, pienso, mientras sostengo la venda blanca entre mis manos.



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