Al finalizar el verano reservé un billete
de avión para Atenas. Una de mis mejores amigas, con la que había convivido en
el piso de estudiantes universitarios, se casaba con un hombre griego y no
podía faltar al evento. A mí nunca me han gustado especialmente este tipo de
rituales sociales y me parecía que ella, aunque estaba ya a punto de entrar en
la treintena, se precipitaba. Sin embargo, esa invitación me parecía la excusa
perfecta para conocer Grecia.
Así que me ilusioné con el viaje que
planifiqué con unos días de antelación ya que quería conocer también algunas
islas griegas. No me defraudaron. El paisaje de olivos y algarrobos, el mar
azul, la atmosfera mediterránea, la música, los olores y la comida de esos
lugares eran familiares para mí. Me sentí como en casa, con el queso de cabra y
las olivas negras de Kalamata. Me sorprendí tarareando varias veces la canción
de Serrat “soy cantor, soy embustero, me gusta el vino, la gente, tengo alma de
marinero… porque yoooo …nací en el Mediterraneoooo”.
Hoy, al cabo de muchos años, ordenado
unos cajones, he visto varias fotos de ese viaje que me han traído a la memoria
dos recuerdos imborrables.
El primero tiene un tinte cómico.
Había pensado visitar el Partenón en Atenas un día al atardecer, cuando la
oleada de visitantes se hubiera disipado un poco. Para la ocasión me compré un
vestido en una tienda turística: era una túnica blanca que llegaba hasta los
pies con pequeños bordados negros en forma de collar. Quería fotografiarme
paseando entre las blancas columnas como si recordara otra vida en la que yo
hubiera sido sacerdotisa de la diosa Palas Atenea.
Así que una tarde nos decidimos a
subir hasta la colina donde se hallaba el Partenón. Casi no nos dejaron entrar
porque faltaba poco para cerrar, pero la final lo hicimos. Al sol le quedaba
poco para ponerse y se divisaba redondo y rojizo sobre la ciudad. En un
arrebato subí unos escalones para hacerme una foto sentada junto a una columna.
Nada más oír el clic del disparo fotográfico vino hacia nosotros un guardia,
corriendo y pitando y con órdenes de
bajar de ahí de inmediato. Me sobresalté mucho porque con mi ímpetu no había
visto el cartel de prohibido el paso unos metros antes de las escaleras. Pero disfrutar unos segundos junto a esas
columnas valió la pena. Esos segundos valieron su peso en oro.
Al cabo de unos días se celebró la
boda. Mi amiga estaba espectacular, también con túnica blanca, melena suelta y
diadema de flores en la cabeza. Fue una ceremonia especial, sencilla y bella,
con pocos invitados e incluso llegué a pensar que no me importaría un día
casarme así. Tras la comida hubo un pequeño descanso, y luego empezó la música,
y todos bailamos el famoso “sirtaki” cogidos de los hombros en círculo, entre
gritos y risas, ya con una copa de más haciendo su efecto.
Y luego sucedió algo mágico. Mi amiga
era una actriz de teatro aficionada y conocía a mucha gente del mundo del
espectáculo. Empezó una representación con poesías, música y danzas. En un
momento dado apareció una mujer en representación de la diosa Atenea: túnica
blanca, una espada en alto en la mano derecha y una balanza en la mano
izquierda. Levantando la espada nos preguntó que hubiéramos hecho en el Juicio
de Salomón: dos mujeres dicen ser madres de un único bebé. Salomón dice que
cortará al bebé en dos partes con la espada y le dará la mitad de ese ser a
cada una. La falsa madre acepta. La verdadera empieza a llorar y prefiere
entregar el bebé a la otra. La vida del bebé es más importante que su deseo.
Salomón descubre de ese modo a la verdadera madre.
A continuación, levanta la balanza y
recita un bello poema sobre la búsqueda del equilibrio entre los opuestos. Sé
de qué habla porque esos opuestos están en mi interior… y siempre recordaré lo
importante que es unirlos. Mi vida entera tiene ese propósito, ser un puente
entre cielo y tierra, entre arriba y abajo, entre dentro y fuera. La unión
hemos de buscarla siempre dentro de nosotros y de ese modo, un día, como por
arte de magia, puede aparecer también fuera, De ahí la importancia de las
ceremonias de contraer matrimonio. Visto así, pensé, mi aversión a esas
ceremonias se estaba esfumando por momentos.
Y ahora llega la magia del momento.
Se quita la venda que le cubre los ojos y pronuncia estas palabras:
“Llevaba esta venda cubriendo mis
globos oculares porque habéis de saber que lo esencial es invisible a los ojos.
No os dejéis nunca guiar solo por las apariencias. Las apariencias engañan. Si
queréis juzgar a los demás y ser imparciales y ecuánimes y no juzgar a la
ligera, poneos la venda y profundizad. Lo esencial es invisible a los ojos.
Solo podemos ver con los ojos del corazón, con los ojos del ser interior, con
los ojos del espíritu. Solo así seremos justos con nosotros y con los demás.
Mientras habla sus ojos relampaguean
con una mirada llena de luz y claridad, sus ojos tienen una luz especial como
si estuvieran siendo enfocados por un foco teatral. Aunque en este caso la luz
sale de un foco interior de la actriz.
Empieza a bajar unos escalones que
parecen los de un templo y lentamente se dirige hacia mí. Yo abro los ojos como
platos al sentir como alarga los brazos y deposita la venda en mis manos.
De pronto todos me miran y empiezan a
aplaudir porque se ha acabado la función.
Esto es mucho mejor que recibir el
ramo de flores de la novia, pienso, mientras sostengo la venda blanca entre mis
manos.
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