Conocerse a uno mismo.
Todos los sabios de diferentes
tradiciones coinciden en que esta es la tarea primordial del ser humano.
Conócete a ti mismo.
Esta aventura puede durar toda una
vida. Y en el camino que uno inicia de manera consciente aparecerán todo tipo
de impedimentos.
Etapas en la vida donde todo fluye,
el camino es llano, el sol es primaveral, el paisaje está lleno de vegetación y
de flores.
En otros momentos nos toca escalar
montañas y tenemos que pararnos a descansar. Pero al llegar a la cumbre tenemos
la recompensa de ver todo desde arriba, recuperamos por un tiempo la visión que
tiene un águila.
Otras veces el camino es un desierto
y nos toca arrastrarnos cual serpientes, reptando a ras de suelo, pero
avanzando igualmente por el camino que nos llevará al oasis.
Pasaremos, a lo largo de la vida, por
diferentes paisajes y por diferentes climas. Y de todo ellos aprenderemos como
viajeros curiosos que somos.
¿Qué sucede cuando una mañana aparece
la niebla y no podemos distinguir casi nada de lo que nos rodea? Pues
simplemente avanzamos con mayor concentración en cada paso para no caer en
alguna zanja o precipicio. Y de ese estar atentos a nuestros pasos obtenemos
grandes enseñanzas sobre nuestra vida en el planeta Tierra.
Dice la sabiduría oriental que, a
veces, “es mejor retroceder diez pasos que avanzar uno solo”. Nosotros, tan
acostumbrados a avanzar, nos cuesta entender que retroceder sea algo bueno.
Pero los buscadores espirituales
sabemos que “desandar los pasos” es aconsejable cuando te das cuenta que ese no
es el camino que querías seguir.
En el proceso de “desandar los pasos”
de nuestro impulsivo y guerrero carácter de buscadores, a veces no tenemos que
ir hacia atrás, sino más bien hacia abajo. Se trata del proceso de interiorizarnos
de tal manera en las aguas del inconsciente que podamos llegar al fondo del
mar, allá donde se esconden tesoros ocultos que debemos descubrir. Y nos damos
cuenta que tenemos la llave que abre ese cofre que encierra algo importante
para nosotros. Hay que buscar ese cofre y abrirlo.
Para describir el proceso vayamos a
la vivencia de la luna.
…………………………….
Es de noche, estoy sentada frente al
mar. La luna llena se refleja en las aguas del oscuro océano. Mi perro lobo
está como hipnotizado, sentado junto a mí. De pronto, de entre las aguas surge
una figura femenina, es una sirena de largos cabellos y me pide que la siga
dentro del mar. Le respondo que no puedo respirar bajo el agua y que por eso no
la puedo seguir. Ella alarga su bello brazo y me da una moneda redonda que
brilla con destellos de plata. Lleva grabada la figura de Neptuno con su
tridente y sus largos cabellos blancos.
La sirena me dice que me coloque la
moneda en el tercer ojo y que la siga. Eso me permitirá respirar bajo el agua.
La sigo y bajamos, descendemos con suavidad hasta el fondo arenoso del mar.
Allí está el cofre. La sirena me dice que lo coja para llevarlo de vuelta a la
superficie. Así lo hago.
Una vez en la arena de la playa la
sirena se despide de mí. Está amaneciendo y la luna ya no es llena, como por
arte de magia se ha convertido en un alfanje de plata, es luna menguante. Abro
el cofre con sumo cuidado. Está muy bien sellado y el agua no ha entrado.
Envuelto entre unas telas de colores veo un libro: Se llama “Los ojos del
hermano eterno” de Stefan Zweig.
Decido que lo leeré más adelante pero
su portada me habla: es la serpiente Ouroboros, ese dragón circular que se come
su propia cola. El símbolo del eterno retorno, de que todo es cíclico en
nuestra existencia. El símbolo del Tao, de los opuestos complementarios que se
originan uno al otro. El yin- yang. La unión del consciente y el inconsciente,
del día y la noche.
Sentada frente al mar el cielo
empieza ligeramente a clarear, aunque todavía está oscuro. Cierro los ojos y,
de pronto, casi sin darme cuenta, aparecen imágenes de mis múltiples
existencias en las que he sido hombre o mujer, víctima o verdugo, bondadosa o
maligna, rica o pobre, atractiva o fea, reina o mendiga… Todo sucede casi de
forma caleidoscópica, como en una película un poco acelerada. Todo cambia y se
transmuta con rapidez.
Como imagen final de este torbellino
de imágenes veo a la serpiente Ouroboros que se convierte en una espiral
vertiginosa que se eleva en el espacio hasta desaparecer.
Y me observo y me doy cuenta de que siento
mucha paz interna, una gran liberación. Lentamente entreabro los ojos. Es casi
ya de día y el sol dorado lanza pequeños destellos sobre el agua y me guiña un
ojo.
Sonrío.
Y una última imagen aparece en mi
interior:
estoy en medio de un gran corro de
gente que baila con las manos unidas. Son mis sub-personalidades que se reúnen
hoy para celebrar el día. Empiezan a girar a mi alrededor y siento un gran amor
por todas y cada una de ellas.
Siento por vez primera, el equilibrio
de las fuerzas, el trabajo en equipo de todas mis partes, el poder de la Unión,
de ser Uno y múltiple a la vez.
Agradezco esa visión desde la
humildad inherente al Ser que reposa en mi interior.
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