“Quiero, quiero, quiero.
Quiero que mi madre me mime, que mi
padre me quiera.
Quiero ser la mejor de la escuela.
Quiero ser la más divertida de mis
amigos.
Quiero ser bailarina.
Quiero jugar hasta que se haga de
noche.
Quiero enamorarme de un hombre
interesante.
Quiero irme de casa.
Quiero encontrar un trabajo que me
guste.
Quiero conocer a mucha gente y tener
muchos amigos.
Quiero ser independiente.
Quiero ser libre.
Quiero que nadie me haga chantaje emocional.
Quiero ser feliz.
Quiero liberarme del karma.
Quiero escribir un libro.
Quiero iluminarme.
Quiero viajar por el mundo.
Quiero viajar por mi interior.
Quiero tocar algún instrumento.
Quiero cantar y bailar.
Quiero tener hijos sanos y guapos.
Quiero casarme de una forma poco
convencional.
Quiero tener un jardín y una casa con
buganvilias junto al mar.
Quiero vivir acompañada.
Quiero encontrar un oasis donde
descansar.
Quiero tener suficiente dinero como
para no pasar penalidades.
Quiero tener buena salud.
Quiero ser una abuelita sabia.
Quiero tener una muerte dulce y ser
consciente en el momento de dejar este planeta.
Quiero, quiero, quiero.”
Así me habla el planeta Marte a día
de hoy.
La lista es interminable. Podría
haber seguido.
………………………………..
Pero hace tiempo conocí “al hombre de
la torre” y esta es la historia que me contó entonces.
Su voz me habló así:
“Siempre he sido el líder de mis
amigos. Era el más aventurero, el más atrevido, el que primero se lanzaba a
realizar cosas. La mayoría de los chicos de mi edad me seguían en mis aventuras
por el bosque. Jugábamos a guerras con otro grupo del pueblo vecino. A veces
acabábamos luchando cuerpo a cuerpo. Ahí era donde yo me lucía. Siempre era el
ganador.
De adolescente mi atrevimiento me
llevó a hacer algunas locuras, especialmente cuando tuve mi primera moto. Era
también seductor con las mujeres y me gustaba alardear de mis conquistas
delante de mis amigos. Empecé a hacer deporte y a lucir mi cuerpo atlético.
Siempre ganaba a todos en carreras de velocidad, mi especialidad eran los 100m.
lisos.
Sabía que estudiaría algo que me
permitiera ser el jefe.
Cree mi propia empresa. Me gustaba
dar órdenes y que estas se acataran sin mucho titubeo. Empecé a ganar dinero,
mi compañía empezaba a expandirse. Me casé, me compré una casa, un coche,
ordenadores de última generación para mi oficina. Tuve hijos, a los que trababa
como a los trabajadores de mi empresa. Para educar se necesita disciplina. Para
la ternura y la flexibilidad ya estaba la madre. Fui un padre autoritario.
Y ahora, en esa edad en que empiezan
a salirme canas, me siento solo. Mis hijos estudian fuera, mi mujer se ha
divorciado de mí. Me compré un terreno donde empecé a construirme una casa en
forma de torre. Allí llevaba a mis conquistas amorosas. En esa torre me sentía
protegido y seguro. Cada año construía un nuevo piso. Vista desde lejos parecía
un faro ya que estaba justo en un acantilado sobre el mar.
Y un buen día sucedió que me enamoré
de una mujer especial. No detallaré aquí como sucedió todo, pero si diré que mi
deseo sexual en esa etapa iba en aumento. Sólo deseaba estar con ella. Pero
ella, aunque disfrutaba conmigo, me pidió que quería estar unos meses sin
vernos, pues tanta intensidad le estaba empezando a asustar.
Me fui a la torre sin entender que me
estaba pasando. Por vez primera una mujer me daba calabazas. Perdí el apetito,
empecé a pensar en mi vida, a darle vueltas a las cosas, a obsesionarme con esa
mujer. Me masturbaba a menudo para liberar tensiones. A veces me sentía muy
rabioso. Otras veces me sentía triste, aislado, alejado de todo y deprimido.
Casi no iba a trabajar, las órdenes las daba desde el teléfono móvil o desde el
ordenador.
Y al cabo de tres meses, la mujer que
me tenía obsesionado, accedió a visitarme. Tenía algo importante que decirme.
Nada más verla sentí como mi energía sexual se despertaba. Le dije que le
quería enseñar la buhardilla superior de la torre. Mientras subíamos mi
excitación iba en aumento. Allí estaba mi estudio y también una gran cama donde
pensaba tumbarla nada más llegar arriba.
Al llegar al piso superior le enseñé
el paisaje marino a través de un ventanal abierto por donde entraba la brisa
primaveral. La quise besar, pero su cara hizo una extraña mueca, como de susto,
y cuando empezó a decir que no con la cabeza decidí que iba a penetrarla en ese
mismo instante. Forcejeamos junto a la ventana y le arranqué la blusa de un
tirón.
Yo nunca había experimentado nada igual. En el momento en que estaba a
punto de eyacular ella se zafó de mi abrazo sin dejar que la penetrara, se echó
a un lado y yo perdí pie, me apoyé en un cristal de la ventana, pero al estar
abierta, cedió y, de pronto, como sacudido por la fuerza de un rayo, salí
despedido al vacío con la cabeza por delante y el semen mojándome el rostro en
la caída.
Entré en el agua de cabeza y bajé,
bajé…. y continué bajando.
¿Era esto la muerte? ¿Qué me estaba pasando?
Hasta qué, lentamente, mis ojos
descubrieron un pequeño cofre, viejo, oxidado, sobresaliendo en la arena del
fondo, junto a unas rocas, medio cubierto de algas.
Y de forma inconsciente me miré la
mano, en la que apareció, como por arte de magia, una pequeña llave de plata.
Era la llave que abría el cofre
submarino. De eso estaba seguro.”
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