Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

viernes, 10 de julio de 2020

11. LA FUERZA







































Mucho antes de iniciar el viaje más importante de mi vida, el viaje hacia dentro de mí misma, había escrito en mi diario estas palabras: “A veces la vida como un desierto en la que voy andando bajo un sol implacable, un sol de justicia. A veces me siento cansada y tengo sed. Y a veces tengo espejismos y veo un oasis en el horizonte… y cuando me acerco todo son alucinaciones de mi engañosa mente. Y sigo caminando en busca de ese lugar que añoro, un lugar lleno de palmeras, de vegetación, donde poder beber agua de una fuente y descansar.”

En el capítulo anterior os conté mi trabajo con los cuatro cuerpos que había iniciado ya casi en la treintena en mi vida. Estaba empezando a experimentar cambios a muchos niveles: físico, emocional y mental.  Sabía que el espiritual no había que buscarlo, florecería sólo, vendría a mí cuando estuviera preparada. 

Y parece ser que el espíritu vino a mí en forma de deseado oasis, un lugar donde descansar, donde el sol calentaba sin quemar, el agua caía sin inundar, el viento soplaba sin arrasar y la tierra empezaba a dar sus frutos de forma generosa. Encontré a un “ser-afín” con el que compartí esa benevolencia natural del clima que se nos concedió en esa etapa. Celebré “mi boda griega” en Sevilla, con 40 invitados, bailando flamenco cerca del parque de María Luisa y yendo en calesa tirada por caballos al atardecer. Todo sucedió de forma rápida, natural y espontanea. Por vez primera se daba la “co-incidencia” con otro ser humano sin tener que hacer esfuerzo alguno. Era un verdadero regalo. 

Había trabajado con mucho empeño y dedicación el número 1 y, de forma natural, el número 2 aparecía ahora en mi vida. 

El destino hizo que decidiéramos movernos hacia el este tras nuestra unión. Y un buen día aterrizamos en una isla, la de Mallorca, para asentarnos allí, crear nuestro oasis, y trabajar con el número 3, el del equilibrio, que no tardó en llegar, a los tres meses de estar en la isla, en forma de embarazo. 

Nunca olvidaré la sensación de alegría y gozo interno que sentí al llegar en barco a la isla, con la furgoneta llena de trastos y plantas y con nuestra gata, Menta, mirando todo con ojos alucinados, abiertos de par en par. 

Y así fue como se concedió el oasis terrenal en mi paisaje desértico. Durante los 5 primeros años en la isla puedo deciros que viví en plan zen, totalmente centrada en el presente. Ninguna sombra del pasado apareció en ese periodo.  Ninguna visión futura en mi cabeza. Todo era aquí y ahora. Todo era presente. Todo fluía. Todo era felicidad emocional y dulzura. 

Había llegado al zenit de mi vida. 

Nunca sospecharía que esa alegría interna que experimenté al llegar tendría que ver con otro oasis que se me concedió al cumplir mi hija cuatro años. En esa etapa no buscaba nada fuera de mí, porque sabía que todo estaba dentro.

 Seguía trabajando con mi guía interno, pero en un momento dado este ser me comunicó que se despedía de mí porque yo tenía que trabajar con otro maestro diferente. Me quedé de piedra al escucharlo y mi parte emocional empezó a llorar. Pero sus palabras me tranquilizaron diciéndome que siempre que lo necesitara vendría a verme, pero que mi labor ahora estaba con otro maestro. Me sentí como cuando se pasa de la enseñanza primaria a la secundaria. Al dejar atrás a un maestro querido nos emocionamos. Mi antiguo maestro era un pescador griego, moreno, con rizos canosos, vestido con ropa azul desteñida y gastada. El nuevo maestro apareció lejos del mar, en una selva donde había un río que bajaba con fuerza de las montañas, llevaba turbante y estaba vestido de blanco de pies a cabeza. Parecía un príncipe oriental.  Nos encontramos sobre un pequeño puente que cruzaba el rio y sus primeras palabras fueron: “No mires al agua correr hacia abajo, hacía el mar, es hora de mirar hacia arriba, hacia el lugar de donde viene el agua, es hora de mirar hacia la fuente

Escribí todos sus mensajes en mi libreta y me sentí dispuesta a iniciar mi nueva aventura. Atrás dejé al pececito plateado saltando dentro y fuera del agua del mar (mi primer animal), ahora me acompañaba un bello guepardo, un felino inmenso de ojos verdes y piel clara moteada de negro (ese sería el nuevo animal para este periodo).  

 Jamás pensé que iniciaría ese camino en mi vida externa, pero parece ser que dentro y fuera era ya un espejo para mí. Pero al principio no me lo creí y mi mente opuso resistencias. En primer lugar, tengo que decir que una amiga tuvo que llamar tres veces a mi puerta antes de que yo le abriera. Ella me hablaba de tener una cita para conocer a una maestra espiritual. Yo no le hacía ni caso. Mi maestro estaba dentro, no fuera, decía yo con cierta terquedad. Pero la terquedad de mi amiga Tauro era superior a la mía. La tercera vez me dijo: tienes una cita mañana a las 7, en mi casa de Valldemosa, para conocerla. 

Y de esa forma conocí a una maestra espiritual de carne y hueso, en mi mundo exterior. En ese primer encuentro me sorprendió verla vestida con túnica blanca y babuchas plateadas. Su largo cabello ondulado, pelirrojo claro, le caía sobre los hombros. No pude adivinar su edad. Cincuenta o sesenta, pensé entonces.  Medité frente a ella sentada en una silla. Yo venía del zen, del cojín frente a la pared con ojos abiertos, y meditación era igual a inmovilidad total del cuerpo. Esta meditación era en silla, con ojos cerrados, palmas hacia arriba y había que “dejarse llevar”.

 En un momento dado sentí que ella se acercaba a mí y me imponía la mano en diferentes chakras. Se que cuando se alejó, mi cuerpo quiso empezar a moverse en espiral… y mi mente no le dejó. Respiraba cada vez más fuerte para no dejarme llevar por el movimiento circular, un movimiento en espiral que provenía de la base de mi columna. 

 En otro momento dado noté como si se me desbloqueara el pecho y las lágrimas empezaron a inundar mis ojos. Lloraba con ausencia de imágenes, no era un llanto emocional, era un llanto físico, como si me hubieran quitado un peso del pecho.  Creo que todo el proceso duró unos 20 minutos. Cuando abrí los ojos, me miró y me dijo: “Si sientes un movimiento interno no lo cortes, déjate llevar. La meditación es un estado, no una postura de quietud rígida. La semana que viene puedes empezar a meditar con el grupo”

Salí de allí en otra frecuencia, con la mente tan relajada que le pregunté a mi amiga si lo que hacía esa mujer era hipnosis. La resistencia mental seguía en mi interior ¿Quién es?  ¿A qué escuela pertenece? Bla, bla, bla…

Tuve que consultar al guía interno que me dijo: “¿No te da seguridad el hecho de ella vaya vestida de blanco como yo? Pertenecemos a la Hermandad espiritual blanca. Y acudimos cuando se nos llama a realizar diversas labores”. Todo esto me tranquilizó. Me decidí a empezar con el grupo, formado por unos cuantos amigos, la mayoría compañeros del gimnasio de Aikido al que había vuelto a practicar hacía un tiempo.

Y mi compromiso con ese pequeño grupo no fue a través de la mente ni de palabras. Fue a través del sonido. La segunda o tercera vez que meditábamos juntos con ella, justo al acabar, la campana de iglesia vecina empezó a tocar de forma continuada durante unos minutos.

 Talán, talán, talán!
Cada campanada era una voz interior que repetía: “Aquí me quedo, aquí me quedo, aquí me quedo”.

Fue una determinación espiritual tan intensa, un compromiso interior tan profundo, que puedo decir que dura hasta el momento presente. Con ese grupo he de trabajar en el plano humano, y en el espiritual. Encontré mi lugar y esa era, y sigue siendo, mi labor entonces y ahora. 

Por último, quiero cerrar este capítulo diciendo que después de mi determinación a base de campanazos hubo otra cosa que me llenó de gozo. La Hermana, como llamamos a nuestra Maestra, habló de que en un momento dado de su evolución espiritual,  los Maestros le dijeron que podía pedir algo y ella pidió “un oasis”, un lugar donde descansar, beber agua y reponerse. Y el ashram que teníamos, la sala de meditación, era ese lugar.

Ver como mi oasis se agrandaba y el poder compartirlo con otros seres, me llenó de gozo. 

Me siento privilegiada y profundamente agradecida.

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PD: ¿Había logrado la mujer de la carta domar al león? Esto lo descubriremos en los próximos capítulos. 



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