Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

miércoles, 8 de julio de 2020

10. LA RUEDA DE LA LA FORTUNA






































El año sabático que me había tomado para viajar por el mundo y conocer otras gentes y otras culturas estaba tocando a su fin. Además, el dinero que había ahorrado para ese propósito estaba a mínimos ya. 
 
Quería elegir un lugar donde asentarme, parar el movimiento externo e intentar echar raíces. Había escuchado una frase pronunciada en mi programa favorito de música, “Dialogos 3”, de Ramón Trecet, que me había impactado mucho: “El viaje más interesante de todos los que hacemos en nuestra vida es que realizamos dentro de nosotros mismos”. Y he de confesar que tenía muchas ganas de iniciarlo.

Elegí, o el destino hizo que eligiera, moverme hacía el Sur. Gracias a un amigo, curiosamente también llamado Ramón, encontré trabajo en Sevilla dispuesta a acometer el viaje por cuatro caminos diferentes: el del cuerpo, el de las emociones, el de la mente y el del espíritu. Estaba yo en esa época muy influenciada por el pensamiento de Steiner. Y las cosas empezaron a fluir de la siguiente manera. Como estaba recién llegada de Japón, decidí apuntarme a clases de Aikido por dos razones: para fortalecer mi cuerpo y aprender a defenderme y, en segundo lugar, porque el maestro era japonés. 

La enseñanza principal de mi época aikidoka fue descubrir que a la fuerza nunca podemos oponernos con más fuerza, hay que redireccionar la energía del contrario llevándola hacia el suelo, la madre tierra es capaz de absorber toda la agresividad del oponente. Y la enseñanza más importante, hemos de aprender a rebotar como pelotas al caer al suelo. Es decir, cuando la dura realidad nos proyecté hacia abajo, nuestro espíritu y nuestro cuerpo han de aprender a levantarse sin dilación, aprendiendo a rodar y poniéndonos de pie más derechos que una vela y con mayor disposición a encarar todo lo que se ponga ante nosotros.  

Me costó mucho asimilarlo tanto a nivel físico como a nivel mental. El maestro no me corregía, callaba. Solo me aconsejó un día que practicara la postura del árbol del yoga, en equilibrio sobre un pie, para aprender a colocar mi peso en la parte delantera, no en la parte posterior del pie (en aquella época siempre gastaba los talones de mis zapatos). Recuerdo que, al cabo de un año entero de práctica, el maestro se acercó a mí y me dijo dos palabras: “Has progresado”. Ese día casi no pude dormir de la alegría.

Viviendo en Sevilla me apunté a clases de flamenco y todo el mundo me aconsejó que empezara primero por las sevillanas. Descubrí un mundo apasionante. Primero me acerqué a la danza, luego descubrí la música con sus diferentes “palos” y por último el cante… que en ese momento no llegaba a comprender. Ensayaba casi cada día en mi casa los diferentes ritmos que se hacían con los pies y los zapatos de tacón y he de reconocer que me sentía acomplejada porque mis compañeras lo captaban a la primera y yo tenía que repetirlo en casa una y otra vez. 

Al cabo de un año no sólo había aprendido las 4 sevillanas, que me atreví a bailar en la Feria de Sevilla ese año, sino que descubrí, maravillada, que mi pecho, antes un poco hundido,  se había ido abriendo y mis brazos al elevarse ya llegaban casi por detrás de las orejas con facilidad. También descubrí que mi centro de gravedad había cambiado y que mis zapatos se desgastaban menos por los talones. 

Vayamos al segundo capítulo: el de mis emociones. En esa época no solía darme baños pues me parecían un desperdicio de agua. Prefería la ducha. Pero un día, añorando los onsen, los baños termales japoneses, me decidí a darme uno antes de acostarme, para relajar mi inquietud emocional, que en esos días iba en aumento. Fue un baño largo, y de forma inesperada para mí, “out of the blue” que dirían los ingleses, reviví de golpe y porrazo, una escena prenatal.

 Y digo reviví porque no es que la viera, sino que la sentía con todo mi cuerpo. Oí la voz de mi padre gritándole a mi madre, no entendía sus palabras, pero sí sentía su cólera. Y sentía como mi madre callaba y se tragaba su rabia contenida y yo, en su útero, sentía esa energía negativa en mi cuerpo todavía en estado de feto. Esa energía me asfixiaba.  Mi cuerpo reaccionó sin yo quererlo y empecé a dar puñetazos en la bañera y a decir palabrotas contra mi padre. Lo curioso de esta escena es que yo no estaba asustada ni descontrolada, dentro de mi estaba la calma, y esa parte interna de mí estaba observando con tranquilidad lo que estaba sucediendo. Todo sucedió como si yo fuera, a la vez, actor y espectador. 

Hacía tiempo que no vivía con mis padres y he de reconocer que me sorprendió lo sucedido porque, en apariencia, me llevaba bien con ellos. Aunque eso sí, viviendo en la distancia. Al cabo de unos días, me encontraba meditando antes de acostarme cuando de pronto, “out of the blue” otra vez, mi subconsciente me habló diciendo: “Mi padre no me quiere”, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas como la lava de un volcán. 

Mi padre hubiera preferido tener un hijo varón, aunque no lo consiguió hasta el cuarto intento. 

Así que decidí, o el destino me permitió, iniciar una terapia de Análisis bioenergético de Alexander Lowen. No me gustaba el psicoanálisis, porque no quería trabajar mi mente, sino mis emociones y su relación con el cuerpo. En esa terapia el cuerpo tiene un papel importante, incluyendo a veces el contacto físico paciente-terapeuta. La persona que encontré era una mujer casi de mi misma edad.  Y sé que pensé: no creo que me sirva de mucho esta terapeuta porque mis problemas son con el arquetipo masculino. 

Vaya se me sirvió. La frase que resume mi proceso tiene que ver con lo que había heredado de mi madre: “Tienes tanta necesidad de unión que dejas que los demás te pisoteen” (muy en consonancia con lo que ella decía de “dos no riñen, si uno no quiere”). 

Decidí que yo no iba a dejar que me pisotearan. Hacia Aikido para no recibir descargas agresivas, aprender a redirigirlas hacia el suelo. Y para eso estaba ahora también en mi vida el flamenco que me ayudaría, estaba segura, a descargar mi rabia, no a tragármela.  Mi pecho empezaba a abrirse.

Mi terapia y mi formación continuaron con el maestro de mi terapeuta, un hombre fuerte y grande como mi padre. La sesión clave sucedió una vez que empecé a llorar en posición fetal diciendo: “Mi padre no me quiere”. El terapeuta vino hacia mí y me abrazó con su gran cuerpo de oso, pero sin hacerme daño, era un abrazo casi maternal. Y mi cuerpo sintió en ese momento que lo que yo decía no era verdad. Sus grandes brazos me estaban rodeando. Según me dijo ese día estábamos experimentando una transferencia: él era mi padre y para él yo era su hija. A partir de ese día empecé a confiar en él y a sentirme protegida y querida.

Al cabo de tres años la frase que resume mi proceso es “Mi padre me quiere, yo quiero a mi padre”.

Pasando al capítulo tercero: tratará sobre mi inquieta mente Aries, a la que yo describía por entonces como caballos al galope frente a un rojo atardecer. Hacía años que había profundizado en la Astrología, conocía mi carta astral “como la palma de mi mano”, pero estaba interesada en como cambiar a mejor, en como evolucionar y transformar las partes más negativas de mi carácter. 

De momento eso, mi carta natal, no me lo decía. Como equilibrar todas las energías que bullían en mi interior. Pues resultó que entendí que la mente racional y consciente, sola, no es suficiente para que se produzca un cambio. Descubrí que la mente puede crear palabras, pero también puede crear imágenes. 

Por aquel entoncces, el mundo de las imágenes me parecía ingobernable, caótico, escribía algunos sueños, pero no los entendía. ¿Qué mensajes eran esos? No captaba el simbolismo. Pero llegó a mí, de forma casi mágica, un libro para ayudarme en mi proceso mental. Fue un libro que estaba ya casi fuera de edición pero que encontré en una librería esotérica de los Azahares, en Sevilla: “La meditación del guía interno” por Edwin Streinbecher. 

El autor, un astrólogo, proponía una manera diferente de abordar la carta astral, nueva para mí. Consistía en dialogar con cada uno de los 22 arquetipos del Tarot relacionados con los 10 planetas y los 12 signos. En ese dialogo se producía un intercambio con la pregunta: ¿Qué quieres de mí para colaborar conmigo y ser mi amigo? ¿Qué tienes tú que darme a cambio? Se trababa de visualizaciones conscientes con ojos cerrados en las que había que imaginar escenas y diálogos. Había que escuchar al subconsciente expresarse, aceptando lo que surgiera sin juzgar. 

Y una cosa importante, antes de iniciar ese viaje avisaba de los posibles peligros con los que podías encontrarte, sobre todo al dialogar con energías negativas. Así pues, lo primero que había que hacer era contactar con un guía interno, el cual te iría ayudando a lo largo del camino y te iría mostrando el camino a seguir. Ese guía no podía ser visualizado como alguien de tu mundo externo, sino como un ser, con forma humana, que vivía en tu mundo interior. 

Cuando pude contactar con ese guía, mis ojos se llenaron de agua, esta vez no eran de rabia ni de tristeza, sino de gozo, amor y agradecimiento. Juntos realizamos las 22 entrevistas y mi subconsciente, y la sabiduría encerrada en el inconsciente colectivo, me habló.  Y ahí fue cuando se produjo de verdad un cambio en mi interior y comencé mi camino de evolución consciente como ser humano que habita el planeta tierra. 

Dejo la parte más importante, la espiritual, para el siguiente capítulo, no quiero cansaros. Pero acabaré contándoos mi conversación con el personaje de “la rueda de la fortuna” asociado al planeta Júpiter.

Mi guía y yo nos acercamos a una gran rueda de feria que estaba a la entrada de una de las festividades andaluzas de aquella época, en Cádiz, cerca de una playa.  A la entrada hay un chico joven, moreno gritando: “Pasen, señores, suban y vean la rueda de la fortuna.” 

La gente empieza a subir y le pregunto al chico si necesita algo de mí: Me mira sorprendido y dice que no, que no necesita nada. Mi guía me dice que puedo subir a esa noria, que él me espera abajo. Empiezan las vueltas y siento un poco de vértigo, pero conforme va girando la noria, me siento como dentro de una carta astral y voy visualizando los diferentes signos y casas.

 Cuando volvemos a bajar vuelvo a hablar con el joven de la noria y me dice: “Lo he pensado mejor, ¿Te importaría quedarte un rato apretando el botón de este aparato que gira? Yo hoy me siento un poco cansado y quiero ir a estirar las piernas. A cambio podrás dar una segunda vuelta y te daré un regalo: detendré la rueda un momento al azar y según donde se pare así será el regalo.”

Tras sentir la aprobación del guía, le digo que sí, que durante un rato me quedo al control de la rueda. Cuando vuelve el joven y me subo en mi segundo giro, mucho más lento que el anterior, descubro que la noria se detiene en la casa IX, la de la filosofía, la de los viajes, el pensamiento abstracto y el conocimiento superior. Al lado de mi asiento se levanta una palanca que se mueve hacia delante de mí. Encima veo un sobre cerrado que abro y leo una nota con el siguiente mensaje: “Vale por un masaje de pies. Y el regalo son un par de babuchas árabes que te servirán para descansar los pies cuando vuelvas de tus viajes y para poder pisar cómodamente la tierra y estar en la realidad de las cosas.”

Al bajar, y tras recibir el masaje de las expertas manos del joven de la noria, recibo el par de babuchas árabes que guardo con esmero en una bolsa y me alejo feliz y contenta para ver el mar de “la tacita de plata” con mi guía y acabar la meditación allí. 

Siento agradecimiento interno y mucha alegría en estas tierras gaditanas. “Tiritritán , tran tran, tiritritán , tran tran.” Siento la música dentro de mí.

Corro a  ponerme mis zapatos de flamenca. Esta noche , cuando esté cansada, ya estrenaré las babuchas...


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