El año sabático que me había tomado
para viajar por el mundo y conocer otras gentes y otras culturas estaba tocando
a su fin. Además, el dinero que había ahorrado para ese propósito estaba a
mínimos ya.
Quería elegir un lugar donde
asentarme, parar el movimiento externo e intentar echar raíces. Había escuchado
una frase pronunciada en mi programa favorito de música, “Dialogos 3”, de Ramón
Trecet, que me había impactado mucho: “El viaje más interesante de todos los
que hacemos en nuestra vida es que realizamos dentro de nosotros mismos”. Y
he de confesar que tenía muchas ganas de iniciarlo.
Elegí, o el destino hizo que
eligiera, moverme hacía el Sur. Gracias a un amigo, curiosamente también
llamado Ramón, encontré trabajo en Sevilla dispuesta a acometer el viaje por
cuatro caminos diferentes: el del cuerpo, el de las emociones, el de la mente y
el del espíritu. Estaba yo en esa época muy influenciada por el pensamiento de
Steiner. Y las cosas empezaron a fluir de la siguiente manera. Como estaba
recién llegada de Japón, decidí apuntarme a clases de Aikido por dos razones:
para fortalecer mi cuerpo y aprender a defenderme y, en segundo lugar, porque
el maestro era japonés.
La enseñanza principal de mi época
aikidoka fue descubrir que a la fuerza nunca podemos oponernos con más fuerza,
hay que redireccionar la energía del contrario llevándola hacia el suelo, la
madre tierra es capaz de absorber toda la agresividad del oponente. Y la
enseñanza más importante, hemos de aprender a rebotar como pelotas al caer al
suelo. Es decir, cuando la dura realidad nos proyecté hacia abajo, nuestro
espíritu y nuestro cuerpo han de aprender a levantarse sin dilación, aprendiendo
a rodar y poniéndonos de pie más derechos que una vela y con mayor disposición
a encarar todo lo que se ponga ante nosotros.
Me costó mucho asimilarlo tanto a
nivel físico como a nivel mental. El maestro no me corregía, callaba. Solo me
aconsejó un día que practicara la postura del árbol del yoga, en equilibrio
sobre un pie, para aprender a colocar mi peso en la parte delantera, no en la
parte posterior del pie (en aquella época siempre gastaba los talones de mis
zapatos). Recuerdo que, al cabo de un año entero de práctica, el maestro se
acercó a mí y me dijo dos palabras: “Has progresado”. Ese día casi no pude
dormir de la alegría.
Viviendo en Sevilla me apunté a
clases de flamenco y todo el mundo me aconsejó que empezara primero por las
sevillanas. Descubrí un mundo apasionante. Primero me acerqué a la danza, luego
descubrí la música con sus diferentes “palos” y por último el cante… que en ese
momento no llegaba a comprender. Ensayaba casi cada día en mi casa los
diferentes ritmos que se hacían con los pies y los zapatos de tacón y he de
reconocer que me sentía acomplejada porque mis compañeras lo captaban a la
primera y yo tenía que repetirlo en casa una y otra vez.
Al cabo de un año no sólo había
aprendido las 4 sevillanas, que me atreví a bailar en la Feria de Sevilla ese
año, sino que descubrí, maravillada, que mi pecho, antes un poco hundido, se había ido abriendo y mis brazos al elevarse
ya llegaban casi por detrás de las orejas con facilidad. También descubrí que
mi centro de gravedad había cambiado y que mis zapatos se desgastaban menos por
los talones.
Vayamos al segundo capítulo: el de
mis emociones. En esa época no solía darme baños pues me parecían un
desperdicio de agua. Prefería la ducha. Pero un día, añorando los onsen,
los baños termales japoneses, me decidí a darme uno antes de acostarme, para
relajar mi inquietud emocional, que en esos días iba en aumento. Fue un baño
largo, y de forma inesperada para mí, “out of the blue” que dirían los
ingleses, reviví de golpe y porrazo, una escena prenatal.
Y digo reviví porque no es que la viera, sino
que la sentía con todo mi cuerpo. Oí la voz de mi padre gritándole a mi madre,
no entendía sus palabras, pero sí sentía su cólera. Y sentía como mi madre
callaba y se tragaba su rabia contenida y yo, en su útero, sentía esa energía
negativa en mi cuerpo todavía en estado de feto. Esa energía me asfixiaba. Mi cuerpo reaccionó sin yo quererlo y empecé
a dar puñetazos en la bañera y a decir palabrotas contra mi padre. Lo curioso
de esta escena es que yo no estaba asustada ni descontrolada, dentro de mi
estaba la calma, y esa parte interna de mí estaba observando con tranquilidad
lo que estaba sucediendo. Todo sucedió como si yo fuera, a la vez, actor y
espectador.
Hacía tiempo que no vivía con mis padres
y he de reconocer que me sorprendió lo sucedido porque, en apariencia, me
llevaba bien con ellos. Aunque eso sí, viviendo en la distancia. Al cabo de
unos días, me encontraba meditando antes de acostarme cuando de pronto, “out of
the blue” otra vez, mi subconsciente me habló diciendo: “Mi padre no me
quiere”, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas como la lava de un
volcán.
Mi padre hubiera preferido tener un
hijo varón, aunque no lo consiguió hasta el cuarto intento.
Así que decidí, o el destino me
permitió, iniciar una terapia de Análisis bioenergético de Alexander Lowen. No
me gustaba el psicoanálisis, porque no quería trabajar mi mente, sino mis
emociones y su relación con el cuerpo. En esa terapia el cuerpo tiene un papel
importante, incluyendo a veces el contacto físico paciente-terapeuta. La
persona que encontré era una mujer casi de mi misma edad. Y sé que pensé: no creo que me sirva de mucho
esta terapeuta porque mis problemas son con el arquetipo masculino.
Vaya se me sirvió. La frase que
resume mi proceso tiene que ver con lo que había heredado de mi madre: “Tienes
tanta necesidad de unión que dejas que los demás te pisoteen” (muy en
consonancia con lo que ella decía de “dos no riñen, si uno no quiere”).
Decidí que yo no iba a dejar que me
pisotearan. Hacia Aikido para no recibir descargas agresivas, aprender a
redirigirlas hacia el suelo. Y para eso estaba ahora también en mi vida el
flamenco que me ayudaría, estaba segura, a descargar mi rabia, no a
tragármela. Mi pecho empezaba a abrirse.
Mi terapia y mi formación continuaron
con el maestro de mi terapeuta, un hombre fuerte y grande como mi padre. La
sesión clave sucedió una vez que empecé a llorar en posición fetal diciendo:
“Mi padre no me quiere”. El terapeuta vino hacia mí y me abrazó con su gran
cuerpo de oso, pero sin hacerme daño, era un abrazo casi maternal. Y mi cuerpo
sintió en ese momento que lo que yo decía no era verdad. Sus grandes brazos me
estaban rodeando. Según me dijo ese día estábamos experimentando una
transferencia: él era mi padre y para él yo era su hija. A partir de ese día
empecé a confiar en él y a sentirme protegida y querida.
Al cabo de tres años la frase que
resume mi proceso es “Mi padre me quiere, yo quiero a mi padre”.
Pasando al capítulo tercero: tratará sobre
mi inquieta mente Aries, a la que yo describía por entonces como caballos al
galope frente a un rojo atardecer. Hacía años que había profundizado en la
Astrología, conocía mi carta astral “como la palma de mi mano”, pero estaba
interesada en como cambiar a mejor, en como evolucionar y transformar las
partes más negativas de mi carácter.
De momento eso, mi carta natal, no me
lo decía. Como equilibrar todas las energías que bullían en mi interior. Pues
resultó que entendí que la mente racional y consciente, sola, no es suficiente
para que se produzca un cambio. Descubrí que la mente puede crear palabras,
pero también puede crear imágenes.
Por aquel entoncces, el mundo de las imágenes me parecía
ingobernable, caótico, escribía algunos sueños, pero no los entendía. ¿Qué
mensajes eran esos? No captaba el simbolismo. Pero llegó a mí, de forma casi
mágica, un libro para ayudarme en mi proceso mental. Fue un libro que estaba ya casi fuera de edición pero que encontré en una librería esotérica
de los Azahares, en Sevilla: “La meditación del guía interno” por Edwin
Streinbecher.
El autor, un astrólogo, proponía una manera
diferente de abordar la carta astral, nueva para mí. Consistía en dialogar con
cada uno de los 22 arquetipos del Tarot relacionados con los 10 planetas y los
12 signos. En ese dialogo se producía un intercambio con la pregunta: ¿Qué
quieres de mí para colaborar conmigo y ser mi amigo? ¿Qué tienes tú que darme a
cambio? Se trababa de visualizaciones conscientes con ojos cerrados en las
que había que imaginar escenas y diálogos. Había que escuchar al subconsciente expresarse,
aceptando lo que surgiera sin juzgar.
Y una cosa importante, antes de
iniciar ese viaje avisaba de los posibles peligros con los que podías
encontrarte, sobre todo al dialogar con energías negativas. Así pues, lo primero
que había que hacer era contactar con un guía interno, el cual te iría ayudando
a lo largo del camino y te iría mostrando el camino a seguir. Ese guía no podía
ser visualizado como alguien de tu mundo externo, sino como un ser, con forma
humana, que vivía en tu mundo interior.
Cuando pude contactar con ese guía,
mis ojos se llenaron de agua, esta vez no eran de rabia ni de tristeza, sino de
gozo, amor y agradecimiento. Juntos realizamos las 22 entrevistas y mi
subconsciente, y la sabiduría encerrada en el inconsciente colectivo, me
habló. Y ahí fue cuando se produjo de
verdad un cambio en mi interior y comencé mi camino de evolución consciente
como ser humano que habita el planeta tierra.
Dejo la parte más importante, la
espiritual, para el siguiente capítulo, no quiero cansaros. Pero acabaré
contándoos mi conversación con el personaje de “la rueda de la fortuna”
asociado al planeta Júpiter.
Mi guía y yo nos acercamos a una gran
rueda de feria que estaba a la entrada de una de las festividades andaluzas de
aquella época, en Cádiz, cerca de una playa.
A la entrada hay un chico joven, moreno gritando: “Pasen, señores,
suban y vean la rueda de la fortuna.”
La gente empieza a subir y le
pregunto al chico si necesita algo de mí: Me mira sorprendido y dice que no,
que no necesita nada. Mi guía me dice que puedo subir a esa noria, que él me espera
abajo. Empiezan las vueltas y siento un poco de vértigo, pero conforme va
girando la noria, me siento como dentro de una carta astral y voy visualizando
los diferentes signos y casas.
Cuando volvemos a bajar vuelvo a hablar con el
joven de la noria y me dice: “Lo he pensado mejor, ¿Te importaría
quedarte un rato apretando el botón de este aparato que gira? Yo hoy me siento
un poco cansado y quiero ir a estirar las piernas. A cambio podrás dar una
segunda vuelta y te daré un regalo: detendré la rueda un momento al azar y
según donde se pare así será el regalo.”
Tras sentir la aprobación del guía,
le digo que sí, que durante un rato me quedo al control de la rueda. Cuando
vuelve el joven y me subo en mi segundo giro, mucho más lento que el anterior,
descubro que la noria se detiene en la casa IX, la de la filosofía, la de los
viajes, el pensamiento abstracto y el conocimiento superior. Al lado de mi
asiento se levanta una palanca que se mueve hacia delante de mí. Encima veo un
sobre cerrado que abro y leo una nota con el siguiente mensaje: “Vale por un
masaje de pies. Y el regalo son un par de babuchas árabes que te servirán para
descansar los pies cuando vuelvas de tus viajes y para poder pisar cómodamente
la tierra y estar en la realidad de las cosas.”
Al bajar, y tras recibir el masaje de
las expertas manos del joven de la noria, recibo el par de babuchas árabes que
guardo con esmero en una bolsa y me alejo feliz y contenta para ver el mar de
“la tacita de plata” con mi guía y acabar la meditación allí.
Siento agradecimiento interno y mucha
alegría en estas tierras gaditanas. “Tiritritán , tran tran, tiritritán , tran
tran.” Siento la música dentro de mí.
Corro a ponerme mis zapatos de flamenca. Esta noche , cuando esté cansada, ya estrenaré las babuchas...
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