Mi padre era un hombre activo al que
no le gustaba perder el tiempo. En la vida había que estar siempre haciendo
cosas. Por eso jamás conoció el aburrimiento. Su máxima siempre fue “ora et
labora” y se veía escrita en letras grandes en un cartel de su cuarto de
trabajo. Aún en los momentos de ocio había que estar haciendo cosas.
En los
meses de verano teníamos que hacer obligatoriamente un horario que teníamos que
rellenar con actividades. Porque como he dicho antes, el tiempo no se podía
perder, ni en vacaciones.
Rezar era para él una acción de la
voluntad y había que hacerlo con disciplina y a diario. Como lo eran también el
ejercicio físico, la lectura o cualquier cosa, ya estuviera relacionada con el
trabajo físico o mental. No soportaba la inactividad y mucho menos la pereza a
la hora de acometer cualquier tarea.
Carecía del poder de la contemplación y era la persona más alejada del
taoísmo y de la filosofía del “no hacer “, y del dejar que las cosas ocurran y
pasen por sí solas, que he conocido. Vivir era sinónimo de estar siempre
activos, ya fuera con el cuerpo, ya fuera con la mente.
Mis primeras imágenes de niña lo
visualizan siempre utilizando herramientas manuales, martillos,
destornilladores, sierras y artefactos cuyo nombre no conocía. Sus manos eran
fuertes, rojizas, anchas, siempre dispuestas a clavar y martillear lo que
hiciera falta.
Venía de una familia de caldereros. Su abuelo trabajaba el metal
y mi padre, desde su tierna infancia, tuvo que ayudar a los hombres de la casa
en el taller. Juanito, desde muy joven,
sabía lo que era el trabajar duro con las manos. En el taller de los hombres de
su familia se fue curtiendo en diversas tareas manuales.
Su abuelo, también Juan, era además
inventor y recibió una medalla de oro en la feria Internacional de Barcelona de
1929, por la creación de un curioso alambique que podía destilar alcohol a
partir del “hollejo” (lo que quedaba después de prensar las uvas para hacer
vino). Siempre fue una anécdota en casa, y
motivo de risas, que el el bisabuelo Juan, republicano “de pura cepa”,
recibiera la medalla de manos del rey Alfonso XIII.
La familia vivía por aquel entonces
en un pueblo manchego rodeado de inmensas llanuras de viñedos. Siempre imaginé
a mi bisabuelo como un Don Quijote aventurero y un poco loco, ya que en aquella
época se hizo vegetariano y también naturista. Se duchaba a diario con agua
fría, desnudo, en el patio de su casa y, muchas veces, Juanito era el encargado
de sostener la manguera.
Así pues, como veis, mi padre fue
entrenado desde pequeño tanto a nivel físico como intelectual en el mundo de la
acción, del trabajo para hombres fuertes y derechos, del cual estaban exentas
las mujeres, que, por supuesto, pasaban gran parte de su tiempo en la cocina,
preparando comida para tanto trabajador. Juanito se esmeró en las tareas
físicas con constancia y determinación y aprendió muchas cosas a la velocidad
del rayo, pues tenía una mente tan activa como el cuerpo.
Y cuando llegó la guerra civil y los
hombres de la casa fueron encarcelados por rojos, Juanito, siendo un
adolescente, tuvo que esforzarse al máximo, para ayudar a su madre y sacar a la
familia adelante.
Se hizo cargo de muchas cosas porque
era el hijo primogénito y cuando al fin todo pasó y volvió a la normalidad, descubrió la que sería su verdadera vocación: maestro de escuela
primaria. Quería enseñar todo lo que sabía.
Trabajó durante muchos años y decidió
que era hora de moverse y dejar atrás la tierra de los viñedos (nunca le gustó
el vino) y emigrar hacia otro lugar. Eligió Barcelona por dos motivos: Allí
había trabajo e iniciativa empresarial y además quería vivir cerca del mar, en
un clima más mediterráneo, menos crudo. Se cansó del frío extremo de la Mancha
y de los calores que todo lo calcinaban en el agobiante verano.
Trabajó en diversos talleres y
enseguida llegó a capataz en la empresa de curtidos donde estaba empleado. Era
un líder nato. Podía pretender ser obediente como un soldado y ejecutar órdenes
sin dilación. Pero, en el fondo, él prefería darlas.
Se hizo maestro y dejó la fábrica,
con gran decepción de su jefe, que le hizo ofertas económicas muy tentadoras.
Sin embargo, él no dio marcha atrás. No soportaba la figura de alguien
diciéndole lo que tenía que hacer. Quería ser independiente. Ganaría menos
dinero, pensó, pero no tendría que obedecer a jefe alguno. Tenía madera de
líder, como he dicho antes.
Se casó con su novia manchega de toda
la vida. Y quería tener hijos, muchos hijos, para enseñarles también a ellos todo lo que sabía.
Pero el destino quiso que las tres primeras fuéramos mujeres y la cara de mi
padre no salía de su asombro al ver que el deseado niño no llegaba. Al final su
deseo se cumplió en el cuarto y quinto vástagos, que al fin fueron varones.
Para equilibrar su gran fuerza
masculina todas las mujeres de la casa nos unimos sin dudar. El daba órdenes y
nosotros las desobedecíamos, sobre todo en la adolescencia.
No supo nunca demostrarnos su amor de
forma física, la ternura era cosa de mujeres. Pero recuerdo que de pequeña nos
“obligaba” a darle un beso de buenas noches. Se lo dábamos de mala gana,
pensando que el amor no se puede exigir, es algo espontaneo.
Mi padre jamás supo lo que era la
empatía, creo que no podía entender las emociones de los demás, estaba muy
centrado en sí mismo y en sus acciones.
Pero he de decir en su favor que sus alumnos lo adoraban. Amaba a sus
discípulos y ellos a su vez adoraban a Don Juan. Para ellos siempre fue su
maestro favorito, aquel que les marcó en la vida.
Lo recuerdo también muchos días,
saliendo de excursión con él y con niños de diversas edades (trabajaba en una
escuela primaria de pueblo). Sus alumnos, aparte de hacer ejercicios, aprendían
el nombre de las plantas y muchas anécdotas sobre los lugares visitados, así
como canciones que mi padre les hacía cantar todos al unísono.
Mi padre fue un excursionista
incansable pero nunca fue viajero (tal vez por falta de medios económicos).
Pero era capaz de recorrer grandes distancias a pie, y desde pequeña tuve que
acompañarle en sus paseos (tal vez por ser la mayor y la que menos se cansaba).
Aunque iba “obligada”, he de reconocer que me lo pasaba bien en esas
excursiones, casi a la carrera al lado de las grandes zancadas de mi padre. Mis
piernas se fortalecieron y supongo que mi voluntad también.
Juan siempre me recordó al
protagonista de “El violinista en el tejado”, tenía su mismo carácter colérico,
pero en el fondo era un hombre bueno: Dios siempre estuvo en primer lugar en su
vida. “Orar” era tan importante como “laborar”.
Quiso educarnos en la religión
católica. Pero no tuvo éxito. En la adolescencia “las niñas” descubrieron el
budismo zen y se autoproclamaron “taoístas” con voces de júbilo. Se hicieron
hippies de manual, pelos largos, faldas hasta los tobillos, vaqueros y mucha
música, música a todas horas. Y a no hacer nada y a disfrutar. Sólo leer y
bailar… que era lo que realmente importaba en esa etapa.
El día de Sant Jordi volvíamos las
tres a casa con “la cistella” de paja repleta de libros de Alan Watts, de
Khalil Gibran o con diversas traducciones del Tao te King. Y nuestros pequeños ahorros se iban en discos
de Pink Floyd, Yes, Joe Cocker , Jimmy Hendrix, Santana y Jehtro tull.
.............................
Mi hermana y yo asistimos un fin de
semana a un pequeño retiro de meditación zen en un lugar maravilloso del
Montseny. Meditamos con una monja francesa de la cual no recuerdo el nombre
(aunque si recuerdo que tenía el pelo con reflejos pelirrojos).
Nunca olvidaré
la primera hora sentada, mirando una pared blanca. Fue una experiencia
inolvidable para el cuerpo y para la mente. Se me hizo eterna.
En cambio, la última meditación del
retiro me pareció mucho más corta, como si hubiera pasado la mitad del tiempo
real. La mente empezaba a descansar y a serenarse y, al volver a casa, tuve la
sensación de que el mundo y los seres humanos vivían en una aceleración cómica,
como en una película de Charlot.
A partir de esa experiencia física del “no
hacer” descubrimos el maravilloso mundo oriental de la contemplación, al
cual nuestro progenitor nunca tuvo acceso.
Pensé también que mi padre hubiera
sido incapaz de estar una hora simplemente “contemplando” una pared.
Y me sentí, por un momento, más
fuerte y poderosa que él.
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