Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

sábado, 27 de junio de 2020

2. LA SACERDOTISA








































Pasé mi infancia en un pueblo, no muy lejos de mis abuelos que vivían en una casa de campo a las afueras, rodeados de almendros y algarrobos. Al cabo de un tiempo, siendo yo muy pequeña, mi abuelo murió y le propusimos a la abuela que se viniera a vivir con nosotros. Se negó en rotundo. Y respetamos su voluntad. 

Su casa era de ensueño, era la descripción perfecta del dicho inglés “Home, sweet home” y el adjetivo “cozy” es el que mejor describiría el ambiente que allí se respiraba. Porque el adjetivo castellano de casa “acogedora” se queda corto. 

El ambiente de nuestro hogar era totalmente diferente. Mis padres trabajaban muchas horas y con cinco churumbeles en casa no había tiempo ni espacio suficiente para dedicar especial atención a la decoración. Mi casa era a veces un caos donde todo estaba desordenado, todo se acumulaba, ropa y libros, cacharros de cocina y alimentos, toallas, ropa sucia y productos de limpieza. Tenía la sensación de que con tanta gente no había tiempo para ordenar y de que todo estaba un poco manga por hombro. Rara vez reinaba el silencio y esto se agravaba a la hora de comer, especialmente en las sobremesas. 

Así que, para mí, al ser la mayor, fue realmente un privilegio visitar a mi abuela con asiduidad con diversos recados. Vivía a un par de kilómetros de nuestra casa y mi madre me solía mandar allí por diversos motivos. Yo iba sola a verla y me sentía como la Caperucita del cuento (especialmente un invierno en que los Reyes me trajeron un abrigo rojo). Me sentía importante en mi trabajo de recadera entra mi familia y la abuela. 

El mejor momento del día era comenzar a andar por el pequeño sendero que llevaba a su casa. Cuando empezaba a ver los campos de almendros al bajar la colina y la manzanilla amarilla casi rozando mis pies al borde del camino, sentía que por fin respiraba, ligera, saltarina y feliz. Con mi falda corta y mis piernas largas yo era una bailarina, alguien especial, la heroína de algún cuento. Muchas veces jugaba a ser reina y me hacía anillos de oro con la manzanilla que colocaba en mis dedos para darles un toque mujer de alta alcurnia. 

Nunca olvidaré aquellos paseos en los cuales volvía casi siempre cargada con pan recién salido del horno y algunos pasteles y galletas hechos por ella. A diferencia de la Caperucita del cuento yo no le llevaba nada comestible, era la abuela la que nos regalaba siempre cosas ricas de comer.
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¿Qué deciros de mi abuela? Sus largos cabellos blancos, muchas veces recogidos en una única trenza a su espalda, su forma de vestir con ropa ancha de colores cálidos, sus delantales de flores diminutas y su piel morena y curtida por su vida al aire libre le confería una personalidad y una belleza que no he vuelto a ver en casi nadie. Es como si ella y su casa tuvieran un aura dorada imperceptible para la gente, pero real para mí.

 Cuando los demás decían que mi abuela había sido una persona bella de joven… me enfadaba por el uso de ese pasado. Mi abuela era la persona con más belleza que yo había conocido. Era bella de mayor. 
 
Sus oscuros ojos llenos de reflejos plateados, la dulzura de su sonrisa y sus movimientos, lentos y elegantes, eran un regalo para mí. Pero eso no era nada comparable al tono de su voz, cuando hablaba, cuando cantaba o cuando declamaba poesías o contaba cuentos e historias.
Su tono de voz era dulce y pausado y su silencio, cuando estaba haciendo cosas como trabajar en el huerto, cocinar o pintar, era sagrado. Sabía lo que era concentrarse, sus acciones emanaban la paz que vivía en su interior. Y cuando a veces íbamos los cinco hermanos a visitarla y nos contaba cuentos, quedábamos como hipnotizados por su facilidad para imitar la voz de diversos personajes, desde el más dulce y bondadoso hasta el más terrorífico y maligno.
Era experta en plantas,  lo que los ingleses llamarían una “green fingers” (dedos verdes). Todas las plantas crecían rápidamente a su lado. No sólo tenía un huerto precioso en el que trabajaba a diario, sino que sus flores eran dignas de verse en todas las estaciones, aunque mucho más en primavera. Así que cada vez que mi madre me enviaba con recados para la abuela, yo volvía a casa con una cesta llena de fruta, verdura, panes, pasteles y ramos de flores. 
Era también una artista, no sólo cantaba bien, sino que además pintaba. Era especialista en flores. No eran dibujos copiados de la realidad sino flores que salían de su inspiración. Ella les llamaba flores del alma. No se podían clasificar. 
Mi abuela murió al poco de yo cumplir los 18 años. Hacía un año que me había ido a la ciudad para empezar mis estudios universitarios. Pero tuve la suerte de poder verla durante los meses de verano. Y me dijo: “Si algún día me voy al otro plano, no quiero que me lloréis ni que dramaticéis mi partida. He sido y soy feliz en el este planeta Tierra donde me ha tocado vivir. Pero si mi espíritu quiere iniciar otros vuelos y dejar la materia… al fin podré ser libre y volar como un pájaro.” 
Nos dejó en el mes de septiembre, cuando la vendimia de la parra de su porche ya había sido realizada. Murió sentada en su mecedora, mirando la puesta de sol. El semblante de su cara era de paz y hasta parecía esbozar una sonrisa.  Lloré su muerte, pero no de forma trágica, mis lagrimas eran suaves y dulces.
Pensé que nunca conocería un amor semejante al que había vivido con mi abuela.

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Ese año, un compañero de clase de Literatura se enamoró de mí, aunque yo no le pude corresponder como él quería.
Y al siguiente verano, aunque mis padres también se habían ido trasladado ya a la ciudad, volví al pueblo a casa de una amiga que celebraba su cumpleaños.  Y allí me enamoré yo… con un amor tampoco correspondido al nivel que yo hubiera deseado.  Aunque con el paso del tiempo él se convirtió en mi mejor amigo y confidente. Pero yo tenía mucho que conocer, un espíritu viajero al cual atender y muchas cosas aún por descubrir.
Pero el amor incondicional de mi abuela, junto con la energía de su ángel guardián, hizo que la última etapa de mi vida la pasara en la casa de mis sueños, rodeada de algunas de sus flores del alma y cuidando su huerto y su jardín.





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