Pasé mi infancia en un pueblo, no muy lejos de mis abuelos que vivían en una casa de campo a las afueras, rodeados de almendros y algarrobos. Al cabo de un tiempo, siendo yo muy pequeña, mi abuelo murió y le propusimos a la abuela que se viniera a vivir con nosotros. Se negó en rotundo. Y respetamos su voluntad.
Su casa era de ensueño, era la
descripción perfecta del dicho inglés “Home, sweet home” y el adjetivo “cozy”
es el que mejor describiría el ambiente que allí se respiraba. Porque el
adjetivo castellano de casa “acogedora” se queda corto.
El ambiente de nuestro hogar era
totalmente diferente. Mis padres trabajaban muchas horas y con cinco
churumbeles en casa no había tiempo ni espacio suficiente para dedicar especial
atención a la decoración. Mi casa era a veces un caos donde todo estaba
desordenado, todo se acumulaba, ropa y libros, cacharros de cocina y alimentos,
toallas, ropa sucia y productos de limpieza. Tenía la sensación de que con
tanta gente no había tiempo para ordenar y de que todo estaba un poco manga por
hombro. Rara vez reinaba el silencio y esto se agravaba a la hora de comer,
especialmente en las sobremesas.
Así que, para mí, al ser la mayor,
fue realmente un privilegio visitar a mi abuela con asiduidad con diversos
recados. Vivía a un par de kilómetros de nuestra casa y mi madre me solía
mandar allí por diversos motivos. Yo iba sola a verla y me sentía como la
Caperucita del cuento (especialmente un invierno en que los Reyes me trajeron
un abrigo rojo). Me sentía importante en mi trabajo de recadera entra mi familia
y la abuela.
El mejor momento del día era comenzar
a andar por el pequeño sendero que llevaba a su casa. Cuando empezaba a ver los
campos de almendros al bajar la colina y la manzanilla amarilla casi rozando
mis pies al borde del camino, sentía que por fin respiraba, ligera,
saltarina y feliz. Con mi falda corta y mis piernas largas yo era una
bailarina, alguien especial, la heroína de algún cuento. Muchas veces
jugaba a ser reina y me hacía anillos de oro con la manzanilla que colocaba en
mis dedos para darles un toque mujer de alta alcurnia.
Nunca olvidaré aquellos paseos en los
cuales volvía casi siempre cargada con pan recién salido del horno y algunos
pasteles y galletas hechos por ella. A diferencia de la Caperucita del cuento
yo no le llevaba nada comestible, era la abuela la que nos regalaba siempre
cosas ricas de comer.
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¿Qué deciros de mi abuela? Sus largos
cabellos blancos, muchas veces recogidos en una única trenza a su espalda, su
forma de vestir con ropa ancha de colores cálidos, sus delantales de flores
diminutas y su piel morena y curtida por su vida al aire libre le confería una
personalidad y una belleza que no he vuelto a ver en casi nadie. Es como si
ella y su casa tuvieran un aura dorada imperceptible para la gente, pero real
para mí.
Cuando los demás decían que mi abuela había sido
una persona bella de joven… me enfadaba por el uso de ese pasado. Mi abuela era
la persona con más belleza que yo había conocido. Era bella de mayor.
Sus oscuros ojos llenos de reflejos
plateados, la dulzura de su sonrisa y sus movimientos, lentos y elegantes, eran
un regalo para mí. Pero eso no era nada comparable al tono de su voz, cuando
hablaba, cuando cantaba o cuando declamaba poesías o contaba cuentos e
historias.
Su tono de voz era dulce y pausado y
su silencio, cuando estaba haciendo cosas como trabajar en el huerto, cocinar o
pintar, era sagrado. Sabía lo que era concentrarse, sus acciones emanaban la
paz que vivía en su interior. Y cuando a veces íbamos los cinco
hermanos a visitarla y nos contaba cuentos, quedábamos como hipnotizados por su
facilidad para imitar la voz de diversos personajes, desde el más dulce y
bondadoso hasta el más terrorífico y maligno.
Era experta en plantas,
lo que los ingleses llamarían una “green fingers” (dedos verdes). Todas las
plantas crecían rápidamente a su lado. No sólo tenía un huerto precioso en el
que trabajaba a diario, sino que sus flores eran dignas de verse en todas las
estaciones, aunque mucho más en primavera. Así que cada vez que mi madre me
enviaba con recados para la abuela, yo volvía a casa con una cesta llena de
fruta, verdura, panes, pasteles y ramos de flores.
Era también una artista, no sólo
cantaba bien, sino que además pintaba. Era especialista en flores. No eran
dibujos copiados de la realidad sino flores que salían de su inspiración. Ella
les llamaba flores del alma. No se podían clasificar.
Mi abuela murió al poco de yo cumplir
los 18 años. Hacía un año que me había ido a la ciudad para empezar mis
estudios universitarios. Pero tuve la suerte de poder verla durante los meses
de verano. Y me dijo: “Si algún día me voy al otro plano, no quiero que me
lloréis ni que dramaticéis mi partida. He sido y soy feliz en el este planeta
Tierra donde me ha tocado vivir. Pero si mi espíritu quiere iniciar otros
vuelos y dejar la materia… al fin podré ser libre y volar como un pájaro.”
Nos dejó en el mes de septiembre,
cuando la vendimia de la parra de su porche ya había sido realizada. Murió
sentada en su mecedora, mirando la puesta de sol. El semblante de su cara era
de paz y hasta parecía esbozar una sonrisa.
Lloré su muerte, pero no de forma trágica, mis lagrimas eran suaves y
dulces.
Pensé que nunca conocería un amor
semejante al que había vivido con mi abuela.
………………………..
Ese año, un compañero de clase de
Literatura se enamoró de mí, aunque yo no le pude corresponder como él quería.
Y al siguiente verano, aunque mis
padres también se habían ido trasladado ya a la ciudad, volví al pueblo a casa
de una amiga que celebraba su cumpleaños.
Y allí me enamoré yo… con un amor tampoco correspondido al nivel que yo
hubiera deseado. Aunque con el paso del
tiempo él se convirtió en mi mejor amigo y confidente. Pero yo tenía mucho que
conocer, un espíritu viajero al cual atender y muchas cosas aún por descubrir.
Pero el amor incondicional de mi
abuela, junto con la energía de su ángel guardián, hizo que la última etapa de mi vida la pasara
en la casa de mis sueños, rodeada de algunas de sus flores del alma y cuidando
su huerto y su jardín.

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