Siguiendo los pasos de "welcome to my chaos" de Nuria en Holanda, me he decidido hoy, desde esta isla mediterranea,a navegar por estos mundos de Dios... Mi barco zarpa ligero... acabo de soltar amarras... ¡viva la aventura!

lunes, 22 de junio de 2020

0.EL LOCO




 
Hoy he salido a pasear un rato por las colinas que rodean el pequeño pueblo. Ayer me acosté muy tarde y aunque no bebí, bailé mucho tiempo y hablé demasiado con unos y con otros. Parece mentira que una persona pueda tener tantos y tan variados amigos. Fue una fiesta de cumpleaños divertida. Me fijé en un chico de aspecto raro: llevaba un gorro con dos picos, como de bufón, y unos vaqueros rotos.  Bailaba a su bola, entregado a la música, sin mirar a nadie. Quise acercarme a él, pero no me miró ni una sola vez y se fue pronto. Cuando pregunté quién era, mi amiga dijo: Un loco que anda suelto. Es más raro que un perro verde. Vive sólo a las afueras del pueblo, pinta y toca la guitarra. 


Mientras pienso en la fiesta y mis pies me hacen ir subiendo por el pequeño sendero, descubro atónita que el loco está delante de mí en el camino. Mi corazón se sobresalta. No sé si acelerar el paso para encontrarme con él o bien andar más despacio hasta que se me pase el susto. Hoy no lleva el extraño gorro, pero si los mismos vaqueros rotos. Le sigue un perro de color canela que va dando brincos cerca de él. De pronto veo que se acerca a una gran encina a la derecha del camino ascendente, saca una flauta de caña y empieza a tocar. Me paro en seco como hipnotizada. 

El tiempo se detiene y casi sin darme cuenta me siento para escucharlo. Él toca desde una pequeña roca al borde del camino y aunque no está lejos de mí, sus ojos se elevan al cielo y deduzco que no puede verme. Ese sonido me produce un efecto relajante e hipnótico.

Pierdo la noción del tiempo. No sé cuánto ha pasado porque he cerrado los ojos y me he ido muy lejos, como en estado de trance. Al abrirlos he perdido el miedo. Lo veo justo enfrente, de pie, mirándome. Intercambiamos unas palabras de las cuales sólo recuerdo el sonido, pero no el significado de lo que dijimos. 

En un momento dado lo veo meter su mano en el bolsillo y sacar una pequeña bolsa de tela de color azul oscuro, desteñido, parecido al color añil. Y entre varios pequeños objetos veo que coge una canica pequeña, de colores, como un planeta en miniatura. “Toma, es un regalo”. Me quedo perpleja sin entender mucho y mirando a la pequeña esfera. 
Me lee el pensamiento porque me dice: “Si alguna vez se te bloquea el diafragma y no puedes respirar bien, colócate esta bolita debajo del esternón y podrás relajarte. También te puede servir para superar el miedo a las alturas y el miedo a lo desconocido.”
Se despide de mí y se aleja con su perro saltarín por el camino de vuelta al pueblo.

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¿Qué más os puedo contar? Pues que nos hemos hecho amigos y no necesitamos saber ni hora ni lugar de nuestros encuentros. Coincidimos, como por arte de magia, a horas diferentes en sitios diferentes. 

Y un día sucedió algo realmente curioso. No se lo he contado a nadie, pero sucedió de verdad. Me dijo: “Mírame a los ojos, hoy vamos a volar” 
Sus ojos de color azul oscuro, llenos de reflejos plateados, como pequeños rayos en una tormenta, se dirigieron directamente a los míos. Su mirada era electrizante. Y a través de esa conexión, sin ni siquiera tocarme, sentí lo que se siente cuando un avión va a despegar. Se produjo una aceleración y una subida de frecuencia, los oídos empezaron a pitarme y de pronto las ruedas del avión dejaron el suelo y nos elevamos por el cielo, hacia lo alto… 
y pude ver el pueblo desde arriba, como si yo fuera un ave voladora… la libertad experimentada era total, yo estaba feliz… hasta que, de pronto, sentí miedo porque vi nuestros cuerpos uno frente al otro, allá abajo, al pie de la encina.

Estaba perdiendo mis raíces… ¡que vértigo! Pero él me calmó diciendo: Tenemos raíces en la tierra, pero hoy estás descubriendo tus raíces en el aire. No tengas miedo. 

Cuando volvimos a bajar mi corazón estaba exultante.

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 Durante mucho tiempo y sin que nadie lo supiera, se convirtió en mi maestro y amigo. Pasamos grandes temporadas juntos, cantando, leyendo, hablando... y puedo decir que nunca nos aburrimos.

 Él viajaba mucho, yo también, pero cada vez que volvía al pueblo, nos encontrábamos en el camino.





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