Mi abuela, la persona a la que yo más
he amado en mi vida, se fue de este plano terrenal al cumplir yo 18 años. Había
dejado el pueblo atrás y estaba viviendo en la ciudad debido a mis estudios
superiores. Estaba triste por un lado y excitada ante el cambio que supondría
esta nueva etapa de mi vida. Conforme pasaron los días la tristeza desapareció,
como desaparece la niebla matutina cuando sale el sol.
¿Qué me depararía este
nuevo año lejos de los míos? Estaba segura de que conocería a gente distinta y
mis horizontes se abrirían mientras fuera descubriendo nuevas cosas. No me
refiero al estudio sino a la vida en general. Quería conocer a otras personas,
abrirme al mundo, contactar y coincidir con otros seres.
Recordaba la frase de mi abuela: “La
coincidencia trae la felicidad”. Intuía una etapa en la cual iba a
coincidir con muchas personas afines a mí. De eso estaba segura.
Y uno de los primeros días de clase
me fijé en una chica sentada delante de mí. ¿Quién no podría fijarse en ella?
Su larga melena rizada y pelirroja era una llama de fuego que iluminaba la
grisura del entorno. Me acordé de repente de Rosa, aquella chica mayor que me
enseñó a dividir en la escuela primaria, aquella que llevaba una trenza hasta
la cintura y la envidia que sentía yo cada vez que veía su pelo. Mi madre no
estaba para trenzas y siempre nos cortaba el pelo en melenita corta.
Pero el color pelirrojo de esta chica
era más claro, casi anaranjado. Mucha gente dice que las pelirrojas no suelen
ser guapas, porque tienen la piel muy blanca y muchas pecas. Las pecas me
fascinaban. Y cuando se dio la vuelta con un movimiento rápido y pude ver su
cara, me deslumbraron sus ojos verdes de felina. La vi diferente, especial y
deseé de todo corazón que se fijara en mí. No me miró ni me vio, estaba
buscando a alguien más con la mirada.
Pasó un mes. Yo la miraba continuamente,
pero ella no me veía. Era muy alegre y risueña y por lo tanto muy popular.
Resultó ser amiga de un amigo común al que llamábamos “Mercu” porque era
escurridizo como el mercurio y porque le gustaba hacer trucos de magia.
Y un
día coincidimos los tres a la salida de clase. Al fin sus ojos me miraron con
curiosidad. Me hizo muchas preguntas en el primer encuentro. Vivíamos bastante
lejos una de otra. Pero coincidíamos siempre en un tramo hasta el autobús.
Empezamos a conocernos y un día me
invitó a su casa. Su madre era pintora y su padre músico y su casa estaba
decorada con mucho gusto. Era un hogar de gente bohemia, pero todo estaba
cuidado, los colores eran suaves y aunque la decoración era bastante
minimalista vi cosas que me llamaron la atención, como por ejemplo una estatua
de un Buda sentado o la de una joven diosa oriental bailando. En el salón vi
tejidos de la India y cojines de colores y unas alfombras que parecían sacadas
de las mil y una noches. Y muchas
plantas en todas partes, plantas colgantes, en maceta y hasta en jarrones. Y
los cuadros de su madre en algunos lugares daban mucha calidez a la atmósfera
del lugar.
Su cuarto era una buhardilla con
mucho encanto, con una parte del techo un poco inclinada y con una claraboya,
además de una ventana lateral que daba al jardín. La colcha de la cama era de
flores que iban del rosa al fucsia y además tenía una especie de dosel con
cortinas que podían cerrarse y uno podía dormir como en una pequeña cueva. Era
una cama doble y comparándola con la cama tan estrecha donde dormía yo, aquello
era un palacio. Verla sentada en sus dominios era como ver a una reina. Me
estaba empezando a enamorar.
Con el paso del tiempo fuimos
intimando cada vez más. Compartíamos gustos musicales y lecturas. Cantábamos y
bailábamos juntas. Hablábamos de todo, incluso de los chicos que nos gustaban.
Un día le comenté avergonzada que yo era virgen y ella se rio a carcajadas y me
dijo que ella también. Que desde pequeña su madre le había dicho que tuviera
cuidado con los embarazos. Pero ella había tenido muchos novios porque era
ardiente y apasionada. Pero nunca había llegado a la penetración. Pero creía
que este año ya estaba preparada para hacer el amor y que el este llamaría
pronto a su puerta.
Y un fin de semana que me quedé a
dormir en su casa sucedió lo inevitable: Dormimos juntas. Al principio yo me
sentí muy inquieta, con mariposas en el estómago, pero ella estuvo todo el
tiempo natural y risueña.
Me dijo: “Nos conocemos bien y coincidimos a
muchos niveles, no tengas miedo de la parte física, es una más entre otras.” Al
oír la palabra coincidencia sentí que estaba protegida por mi abuela y me dejé
llevar.
Ella me enseñó esa noche muchas
cosas, entre ellas me ayudó a descubrir mis puntos de placer y a descubrir
cuales eran los suyos.
A la mañana siguiente al abrir los
ojos y ver su melena de fuego junto a mi cara y sus ojos verdes casi no podía
creérmelo. Había compartido el lecho con una reina.
¿Qué pasará ahora? Pensé.
No pasó nada. Seguimos siendo amigas
y la coincidencia fluía según fuera el día: unos días tocaba estudiar, otros
hablar, otros bailar y reír y otros investigar nuestra sexualidad juvenil. Me
dijo que ella se masturbaba desde muy pequeña y que esa liberación de energía
era algo natural y bonito. Que ella era muy física y sensual. La escuchaba
atentamente mientras le brillaban los ojos con destellos verdes.
Se acabó el curso y yo me fui al
pueblo donde vivía mi familia. Ese verano conocí a un chico, me enamoré y dejé
de ser virgen. Las coincidencias seguían pues a ella le pasó lo mismo ese
verano.
...............................
Mi amiga estudió bellas artes y tuvo
una vida bohemia y muchos amantes. Poco a poco de forma imperceptible y natural
fuimos perdiendo el contacto.
Pero al cabo del tiempo cuando las
dos estábamos ya emparejadas y con hijos, nos encontramos en una fiesta de un amigo en común. Me dijo que yo había sido “la única
mujer de su vida”. Con la vida disoluta de artista que llevaba no supe si creérmelo.
Pero de lo que si estoy segura es de
que ella si fue para mí una mujer importante en mi vida … en segundo lugar, claro, porque
mi abuela seguía ocupando el primer puesto. Pero eso no se lo dije, como
podréis suponer.
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