Nos conocimos en la escuela primaria, o tal vez en la guardería. Lo recuerdo siempre en el centro de un corro de niños, proponiendo juegos, hablando animadamente, gesticulando. Era el niño más guapo de la escuela, pero él nunca se lo creyó. Su simpatía era arrolladora, y también recuerdo que muchas veces, mientras hablaba sin parar, yo me quedaba embobada mirando sus ojos y sus largas pestañas negras. Sus inmensos ojos oscuros me recordaban a dos mariposas que no podían detenerse ni un segundo en una flor concreta. Iban de flor en flor. Me hipnotizaban.
A veces participaba de sus propuestas
y jugaba con los demás niños. Otras muchas me resultaban agotador y prefería
seguir en mi natural estado contemplativo. Mis ojos eran más profundos y me
gustaba observar detenidamente las cosas.
Me olvidé de él porque creo recordar
que sus padres lo cambiaron de colegio.
Pero resultó que en el instituto donde empecé
mis estudios secundarios lo vi sentado en primera fila en clase de Literatura.
Al final de la clase se dio la vuelta y me vio. Vino hacía mi decidido y empezó
a hablarme. Aunque yo estaba muy cambiada me dijo: “Te he reconocido por tu
mirada de niña observadora”
Aparte de compañero de clase se
convirtió en mi amigo. A él le fascinaba la literatura, sacó un sobresaliente
al final del curso y cada vez que leía uno de sus escritos, declamaba como un
actor de teatro o bien leía uno de sus poemas, yo sentía que buscaba mi aprobación,
aunque fuera sólo un segundo, con su mirada inquieta que seguía yendo de un
lado a otro, revoloteando como las mariposas.
Y un día me invitó a su casa con la
excusa de que viera la biblioteca de sus padres. Vivía en un barrio acomodado y
desde fuera su casa con jardín me pareció señorial. Comparándola con mi humilde
morada aquello era un palacio.
Nada más traspasar el umbral me di
cuenta de la cantidad de objetos de arte que había, parecía la mansión de algún
aristócrata. La decoración era lujosa
pero laberíntica. Pensé que yo no podría vivir allí. Era como estar en una obra
de teatro. Me preguntaba para que servirían tantas cosas apiñadas. Casi no
había espacio vacío por donde pasar.
Seguí a mi amigo sorteando muebles
hasta llegar a la biblioteca, una gran habitación con chimenea cuyas paredes
estaban repletas de libros ordenados en estanterías de madera oscura, tal vez
de ébano, pensé. En los pequeños espacios libres de las paredes colgaban
cuadros de caballeros, me fijé en uno vestido con túnica y la cruz de Malta en
el pecho.
Aquella habitación me recordaba un poco a lo que me imaginaba como la
biblioteca de la escuela de magia Hogwarts de Harry Potter. Pero la energía que
se respiraba en ese sitio era densa y pesada. Mi amigo me hablaba, pero yo no
entendía lo que me decía porque me estaba empezando a marear y sentí nauseas.
Me faltaba el aire. Palidecí y él al verlo me dijo: “Salgamos al jardín”.
Sus inquietos ojos me miraban con
curiosidad. “¿Qué sientes?” me preguntó. Y tras respirar aire puro unas
cuantas veces le dije: Siento una gran opresión, como si todo el
conocimiento de tantos libros juntos pesara como una losa. Mi amigo sonrió
y me explicó que de pequeño le pasaba lo mismo, no podía entrar en ese lugar,
pero que con el paso de los años su gran curiosidad intelectual había vencido y
que esas sensaciones desaparecieron en la adolescencia, cuando empezó a leer
muchos de los libros que allí se encontraban.
“Pero no has venido hasta mi casa
sólo para ver esta biblioteca, en realidad lo que quería contarte es que,
aunque la literatura me gusta mucho, en realidad mi pasión oculta es la magia.
Quiero ser mago. ¿Me acompañas a mi cuarto?”
Yo abrí los ojos de par en par,
sorprendida. Subimos por unas escaleras que se hallaban a la izquierda de la
biblioteca y llegamos a una habitación anexa a la casa, era como un pequeño
edificio añadido a la gran mansión, donde él tenía “sus dominios”.
Al llegar noté una atmósfera
totalmente diferente, allí todo era ligero, la pesadez se había esfumado por
completo. Me senté en un pequeño sofá cercano a la ventana y él me dijo: “Voy
a hacer unos trucos de magia y quiero saber tu opinión, ya que tú eres tan
observadora.”
Se colocó detrás de su mesa de
estudio, quitó todo lo que estorbaba, libros y material de estudio y empezó a
sacar objetos de un cajón: una copa de metal, unas monedas doradas antiguas, un
pequeño abrecartas plateado y una especie de cetro de rey de un color rojizo
brillante. Por último, colocó sobre su cabeza un curioso sombrero con forma de
infinito.
Y empezó a hacer trucos con sus
hábiles manos. Me daba la sensación de estar en un circo, sus muecas me hacían
reír y sus ojos intentaban distraerme para que no viera las trampas o los
trucos que hacía. Pero, como he dicho antes, soy observadora y al final tuve
que confesarle que había pillado todos los trucos. Se puso triste. No te preocupes-
le dije -la gente no se daría cuenta. Es que yo soy muy observadora.
Lo que nunca le conté es que yo
pasaba mis veranos en el pueblo de mis abuelos y que allí había conocido a un
mago de verdad, uno que no trabajaba con trucos, uno que podía hacerte volar
como si fueras un pájaro.
Al salir de su casa ese día sentí un
poco de pena por él. Pero siempre fuimos amigos.
Ahora es periodista y se dedica al
mundo de la información, aunque su pasión sigue siendo la magia y algunas
noches se coloca su sombrero con forma de infinito y actúa en un bar del barrio
sin que su familia lo sepa. Tiene una doble vida y él es feliz así.
Nunca acepté casarme con él, aunque
me lo propuso en varias ocasiones… lo considero un amigo al que aprecio de
corazón, pero jamás me enamoraría de un hombre que mira con ojos de mariposa y
que además hace trucos de magia.

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