En las afueras del pueblo del que ya os he hablado y donde pasé mis felices años de infancia, vivía un herrero. He de confesar que nos daba cierto respeto acercarnos a su finca pues Hamal, que así se llamaba el herrero era un hombre de mal genio.
Una vez nos colamos en su jardín para robarle unos higos y al descubrirnos empezó a vociferar y a correr hacia nosotros martillo en mano y tuvimos que poner pies en polvorosa ante sus atronadores gritos.
Pero era un hombre que nos intrigaba y cuando veíamos salir humo negro de la chimenea de su forja… nos acercábamos sin ser vistos y lo observábamos trabajar con sus herramientas. El ritmo de su martillo contra el hierro candente nos producía un estado muy especial, entrabamos como un trance hipnótico y podíamos permanecer sin mover ni una pestaña mirándolo trabajar con concentración total sin mover un solo músculo de nuestro cuerpo. Nos gustaba observar el color del fuego de la forja a sus espaldas y no perdernos detalle alguno de los movimientos que iba realizando.
Lo envidiábamos en secreto y queríamos parecernos a él de mayores. Porque Hamal tenía el poder de doblegar metales pesados y eso era algo apasionante para nosotros, tan interesados todavía en los juegos de guerra donde llevábamos nuestras lanzas y espadas.
Un buen día en que mis amigos estaban ocupados en diferentes menesteres, me atreví a visitar yo solo al herrero. Me armé de valor, entré en su jardín y cuando él salió empecé a hablare. Le dije que yo realmente quería aprender su oficio. En lugar de chillarme o enfadarse me miró con unos ojos llenos de fuego y de luz. Me invitó a pasar a su casa y estuvimos hablando un buen rato.
Con el paso del tiempo me convertí en su discípulo y me enseñó los secretos de la forja y de cómo doblegar a los metales más duros. Pero eso no fue todo, poco a poco me fue transmitiendo todo lo que sabía de las leyendas de sus antepasados, en especial de un tatarabuelo llamado Ras-el Hamal (apodado cabeza de carnero). Me llevó a su biblioteca y me enseñó un cuadro de un anciano vestido de rojo sentado en un trono decorado con cabezas de carnero. Me impactó mucho la visión de ese hombre sabio, sentado en su trono parecía un Emperador de algún reino lejano.
Otro día me contó una historia apasionante de un héroe griego llamdo Jasón y también de los Argonautas, unos aventureros que embarcaron a bordo de un barco llamado Argo en busca del vellocino de oro, una mágica piel de cordero. Yo escuchaba y absorbía toda esa información con ojos abiertos como platos. Este herrero era un pozo de sabiduría.
La historia de como Jasón fue educado por un centauro llamado Quirón me fascinaba. Yo también quería ser educado por un centauro, pensaba. Y tras muchas aventuras a bordo del Argo, la que más fascinante me parecía era la de los dos toros que custodiaban el vellocino de oro y de como había que derrotar a una serpiente antes de conseguir ese trofeo. En todas sus aventuras le ayuda la hechicera Medea, otra mujer que siempre me intrigó.
Y como os digo, gran parte de mi sabiduría se la debo al herrero del pueblo, un hombre sabio que conocía los secretos del fuego.
Y colorín colorado la historia de fuego ariano, se ha acabado.
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