Era un rey poderoso. Nunca había sido vencido porque
era bueno con la espada y su mente estaba igual de afilada. Y un día una
esclava fue juzgada en su presencia por haber intentado huir.
No fue la belleza de su rostro ni la sensualidad de
su cuerpo fuerte y moreno lo que le impactó.
Fueron sus palabras y el sonido de su voz lo que le
tocó por dentro: eran como un riachuelo cristalino de montaña formando pequeñas cascadas al bajar.
El rey dobló la rodilla, inclinó su cabeza.
Derrotado por primera vez en su vida de guerrero.
(Inspirada en una imagen del Rey Copethua)

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